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Es una buena noticia que la película 'La infiltrada' esté dominando desde su estreno el pasado 11 de octubre la taquilla española; queda claro que ... a ETA este país fue capaz de derrotarla gracias, sobre todo, a los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado y, también, a una clase política que, en general, entonces supo estar a la altura de la responsabilidad y la templanza necesarias para abordar un horror de tal calibre; también los hubo muy valientes, me refiero a políticos, tanto, sobre todo por motivos obvios, del PP como del PSOE, o viceversa. Parece mentira en la decadencia, la irresponsabilidad y la peligrosa ausencia de sentido de Estado y de interés de servicio público en el que han caído una gran cantidad de señorías y cargos públicos. No sólo no hay memoria, sino que campea a sus anchas la poca vergüenza: el último capítulo, hasta mañana cuando muy probablemente tendremos otros –los caminos de estos sujetos tipo Miguel Ángel Rodríguez y José Luis Ábalos son inescrutables, por ejemplo–, lleva el nombre de Íñigo Errejón; son ya pocos en Sumar y en Podemos –herederos poco lustrosos del 'No nos representan'–, y va y se les convierte en rana el príncipe; lo de Ciudadanos mejor ni recordarlo, por salud.
En 'La infiltrada', Arantxa Echevarría cuenta la historia de la única policía nacional infiltrada en ETA, durante ocho años, y detrás de su éxito se encuentra la productora María Luisa Gutiérrez, en gran medida responsable de los alucinantes logros de taquilla que alcanza, por ejemplo, Santiago Segura. Ha hecho posible que 'La infiltrada' sea una realidad. En su día tuvo un sueño: llevar esta historia feroz a la gran pantalla. Su energía es desbordante, incluso contagiosa, y nada parece poder detenerla ante las dificultades. A veces, incluso, como Walt Whitman, se celebra y se canta a sí misma, no en balde ha sabido hacer magia con su vida. 'La infiltrada', protagonizada desde la excelencia y una entrega sin red por Carolina Yuste, está basada en la historia real de Aranzazu Berradre Marín, «pseudónimo con el que se infiltró una policía nacional en la banda terrorista ETA cuando contaba apenas 20 años. La joven consiguió adentrarse en la izquierda abertzale, siendo la única mujer que convivió en un piso con dirigentes de ETA. Durante su infiltración se vio obligada a cortar totalmente lazos familiares, todo para poder desarticular el comando Donosti en un momento crucial en el que la banda declaraba falsamente estar en tregua».
María Luisa Gutiérrez supo de este capítulo alucinante de la lucha antiterrorista hace unos años, me narra entusiasmada, a través de un amigo que trabajó en la Policía, «un alto cargo que me contaba esa historia con muchísima pasión y, sobre todo, recalcando el sacrificio de esta mujer que dedicó su vida, y de algún modo también la perdió, a trabajar por el bien común».
Cada vez que se hablaba de esa historia, recuerda la productora que «todos poníamos los ojos como platos y me di cuenta del enorme interés que despertaba». Se dijo que quería llevar esa hazaña al cine y empezó entonces «a mover el tema y a contactar con algunos directivos [de cadenas de televisión] que me decían '¡hostias, qué historia, qué historia'».
Ella tenía «muy claro» que, en efecto, era muy potente esa odisea urbana de una mujer que, «sin ninguna finalidad lucrativa, es capaz de entregar su vida única y exclusivamente porque cree que es su deber y que lo que va a hacer es lo correcto. Todos le debemos mucho a esta policía que se infiltró en ETA y se jugó la vida». Es para sentirnos orgullosos, como país, de la existencia de mujeres y de hombres así, que se juegan la vida para que prospere el bien común y se vayan disipando las sombras, mientras muchos de nosotros hoy, ciudadanos de a pie, aceptamos la mediocridad y los juegos –a veces infantiles, otras veces turbios–, de nuestros representantes políticos –más sus novios, las esposas, los amiguetes...– que se dedican –coño, claro, no todos– a zarandear los logros conseguidos desde la Transición, sembrar cizaña, ofender a las víctimas o, directamente ya del todo, a tomar por idiotas supremos a sus votantes –ahí está Alvise Pérez–.
María Luisa Gutiérrez no ha podido conocer a Elena Tejada, nombre verdadero de la infiltrada que ETA logró saber, cuya impostura tan fructífera para millones de españoles los terroristas [and company] no le perdonarán jamás. «Siempre quiso pasar desapercibida y así quiere seguir», me cuenta. A mí también me encantaría conocerla y poder darle las gracias. También a María Luisa Gutiérrez le agradezco su sueño hecho película.
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