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La película más que interesante que dirige Alex Garland y protagoniza una excelente Kirsten Dunst, 'Civil War', nos pone delante a una mujer madura, hermosa, ... sobria en cada gesto, cansada, fotógrafa de guerra, respetada; parece fuerte, segura de sí misma, sabe lo que persigue, hace lo que cree que debe hacer, sigue a su intuición, es lobo viejo en una carrera periodística de las que se viven en primera línea, en su caso directamente de fuego, de horror. No sabemos nada de su vida, de su pasado, si tiene pareja o no, si es madre, cuál es su ideología, qué sueños no ha cumplido, qué opina de sí misma... Parece muchas veces fría como la nieve, da la impresión de haber dejado al margen la ternura, se comporta ante el desfile de crímenes que observa como si nada le importase, cuesta verla inmutarse, verle brotar las lágrimas, dejarse vencer, dudar sobre el que considera su objetivo: mostrar la realidad a los otros para que estos se hagan preguntas, para que reflexionen, se aflijan, se cuestiones sus actos, salgan de la pasividad, abandonen prejuicios, eslóganes trucados, todo extremismo enfermo, también toda fe ciega.
Una mujer hermosa, acostumbrada a la incomodidad, los incendios aposta, las mujeres violadas, un hombre acorralado al que otro prende fuego a plena luz del día, al tiempo que las risas se mezclan con las llamas.
Esta mujer brillante, a la que desearíamos ver siendo amada, porque nos cae bien desde el principio, nos gusta e interroga, da una lección de solidaridad y generosidad al final de la película que hace que salgas del cine con su recuerdo adherido a ti y con el estómago encogido.
También una de las dos amigas protagonistas de 'La habitación de al lado', la nueva y triunfadora película escrita y dirigida por Almodóvar, conoce bien al monstruo de la violencia porque ha sido reportera de guerra. Se llama Martha y le da vida en la pantalla Tilda Swinton, a la que no me canso de ver en 'Sólo los amantes sobreviven', ese escalofrío filmado que debemos a Jim Jarmusch. De ella sabemos también poco: no tuvo suerte con el padre de su única hija, y tampoco su hija, con la que no tiene relación, cree haber tenido suerte con su madre. Conocemos además que se le quedó grabada la imagen de dos frailes franciscanos, a los que conoció en Afganistán, que eran pareja y a quienes el sexo les proporcionaba consuelo, además de placer; y que es lectora de Hemingway y Faulkner, así como devota de 'Dublineses', la película de John Huston basada en el relato 'Los muertos' de James Joyce.
Martha tiene la imagen inconfundible y extraña de Tilda Swinton. No es un personaje que despierte especial curiosidad, aunque asistamos, más bien fríos, desde el principio y hasta el final, a la gran y última decisión que tomará: enferma de cáncer en proceso de empeoramiento, decide librar a su modo su batalla contra el deterioro físico e intelectual y la muerte final: se suicidará ingiriendo una pastilla.
Ingrid es su amiga, aunque lleven años sin verse; bien. Ingrid es escritora, le aterra la idea de la muerte, parece realmente buena persona y tiene el rostro y el talento interpretativo de Julianne Moore –sólo por sus gloriosos minutos en 'Un hombre soltero', de Tom Ford, ya estaría justificada toda una carrera–. La amistad entre ambas se pondrá a prueba cuando Martha le pide que no permita que muera sola, que acepte estar en ese momento del adiós final en la habitación de al lado, que sea la persona que la acompañe en su suicidio.
Un suicidio 'dorado' de algún modo: alquilará para ello una casa bellísima en un bosque. Le pide un mes de compañía, tiempo en el que en cualquier momento pondrá fin a su vida, sin que ella la vea. Ingrid acepta; todos querríamos tener una amiga como ella: piensa en el otro más que en ella misma.
La historia podría dar lugar a una película emocionante, incluso necesaria, incluso idónea para ayudar a la asunción de compromisos políticos... Pero Almodóvar, que firma una obra de una belleza plástica indudable y marcadamente elitista, con un trabajo de fotografía magnífico a cargo de Eduard Grau, no consigue evitar que la película se contemple con una distancia insalvable, ni que el espectador no acaricie las heridas que la historia ofrece. No hay lugar para las lágrimas, ni para la tristeza, ni siquiera para la inquietud, y los momentos poéticos del film llegan a través de las propias palabras de Joyce: «Nieva sobre los vivos y sobre los muertos». Y hay diálogos que a veces rozan el ridículo.
¿Y los personajes masculinos? O son homosexuales o gilipollas. Entre los gilipollas, los hay que se marcan unos discursos, contra la extrema derecha, el neoliberalismo y la pasividad ante el cambio climático, que pierden toda su fuerza por la superficialidad con la que son expuestos; o, de lo contrario, son de derechas, radicales y religiosos; ¡oscuros! 'La habitación de al lado' aborda desde una epidermis puramente estética un tema cuyo debate se irá acrecentando: poder decidir cada uno de nosotros cuándo queremos dejar de existir, algo para lo que nadie nos pidió permiso.
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