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Hermann Hesse, ya en su madurez.
El potrillo solitario
REPORTAJE

El potrillo solitario

Hermann Hesse, uno de los autores más influyentes del siglo XX, llegó a mantener correspondencia con 35.000 lectores que compartían la raíz de su pensamiento

ITXASO ELORDUY

Lunes, 20 de marzo 2017, 22:59

Un escritorio, la máquina de escribir de la que saldría 'El lobo estepario', sus características gafas, la caja de pinturas que tanto disfrutaría durante la madurez, junto a ropa y acuarelas originales, traducciones, primeras ediciones y títulos seleccionados de la célebre 'Biblioteca de la literatura universal', conforman la herencia intelectual de Herman Hesse. Con motivo del 120 cumpleaños del poeta, en 1997, la Casa Camuzzi abrió al público, gracias a la iniciativa del hijo del autor, Heiner Hesse. La casa está situada en el Ticino, la suiza italiana donde el Nobel de Literatura viviría los últimos y más felices años de su vida, y que curaría las penas del cuerpo y el espíritu de Herman Hesse, uno de los escritores más influyentes del s. XX. La autosuperación de traumas personales, a través del psicoanálisis y el arte, la religión y la crítica política, marcada por la vivencia de dos guerras mundiales, conforman las bases de la obra del pensador, que mantuvo un flujo de correspondencia con más de 35.000 lectores que compartían la raíz de su pensamiento.

Hermann Hesse fue un bebé precioso, mucho más grande de lo normal. Un niño lleno de fuerza que con cuatro años se tumbaba, retozaba y saltaba durante horas como un potrillo solitario en un campo cercano a la casa de su ciudad natal, Calw. Un retoño al que su madre no podía controlar. El más insignificante suceso era una aventura y lo trivial se convertía en algo enigmático y excitante para él, explica Alois Prinz en 'Todo comienzo tiene su hechizo', una de las cincuenta biografías que relatan la vida del autor alemán. «La realidad no fue nunca suficiente, hacía falta la magia», decía Hesse recordando su infancia. Con trece años se plantea de manera tajante: «Quiero ser poeta o no quiero ser nada». Su familia, marcada por un pietismo exacerbado, no lo toma en serio. Considera sus ideas locuras propias de la edad y le impone seguir estudios teológicos. «Cuando miraba hacia el otro lado de la colina, allí estaban las metas ocultas, la curación y el aire libre para mis mudas preocupaciones y aflicciones», afirma en el seminario donde cursa Teología y en el que se le exhorta a no dar tanta importancia a sus deseos y aversiones. Poco después, el joven Hermann se escapa del centro religioso y comienza un camino sin rumbo fijo, aunque con las ideas claras. Goethe es para él un Dios más fiel «que el Dios de los domingos». «Mi lema es lucha y vence, nunca ensueños ni embriaguez de amores», escribía a su amigo Rümelin.

En su primera poesía habla de la fascinación que le produce la naturaleza. «Sobre los tiempos de mi infancia se extendían tus alas. ¡Verdes cercanías! ¡Extensiones doradas! Y en la última orilla del cielo, creaste tú el país de mi nostalgia». Su primer libro apenas tiene aceptación, aunque pronto comienza la metamorfosis. «Para hacer realidad lo posible es necesario probar de vez en cuando lo imposible», clama. Una actitud ante la vida que no juzga ni valora, sino que acepta todo tal y como es, con sus lados bonitos y feos. Hesse disfruta de dos semanas de vacaciones, él solo, a orillas de su «querido Lago de los Cuatro Cantones», donde busca «un camino que le conduzca de la contemplación de la naturaleza a la vida real que hay en ella».

Acercarse a la naturaleza

A finales del s. XIX Alemania se convirtió en una nación muy industrializada, lo que desencadenó una euforia económica desconocida hasta entonces. De manera paralela tienen gran aceptación determinados movimientos que invitan a dejar las ciudades para acercarse a la naturaleza. Hermann Hesse simpatiza con estas ideas y se percibe a sí mismo como una «persona que vive al margen, para librarse de todo el barullo de la vida moderna». Gracias a 'Peter Camenzind', una novela de progreso en la que se retrata a sí mismo, consigue el premio Bauernfeld y se convierte en un reconocido autor, dentro y fuera de sus fronteras. Hesse empieza a recibir cartas de jóvenes poetas, que le envían sus manuscritos y editoriales que antes habían rechazado sus poesías quieren editar textos suyos. Instalado en Gaienhofen con su primera mujer, la pianista María Bernoulli, y el hijo de ambos, Hesse parece llevar una vida idílica, aunque en realidad no es feliz. «En nuestra casa todo va bien, la esposa y el niño están alegres, pero yo de joven me imaginé que la felicidad era otra cosa y ahora me siento estúpidamente descontento». Conoce sus propias contradicciones, es consciente de que constituyen la esencia de su manera de ser. Es solo «un calavera en el cincuenta por ciento», en el otro cincuenta, es un autor respetado y un padre de familia convencional. Alemania declara la guerra a Rusia, lo que conlleva un exacerbado movimiento patriótico, ante el que Hermann Hesse se rebela. «Yo me siento alemán, pero por encima de ello está para mí la humanidad». Ideas que se impregnan de una feroz actualidad y que convierten al autor en un símbolo de identificación para el movimiento juvenil que se rebeló más tarde contra la guerra de Vietnam. Los artistas han de aferrarse a un «humanismo supranacional, a fin de hacer posible que después de la guerra vuelva a reinar la convivencia», expresa, con lo que se gana las críticas de los periódicos alemanes, que le tachan de traidor.

Madurez

En 1916 Hermann Hesse confía su «enfermedad del alma» a un joven médico, Josef Lang, discípulo de Carl Gustav Jung, célebre psicoanalista que crea su propia escuela, al margen de la psicopatología de la vida cotidiana o expresión diferente, e incluso contraria a la intención consciente del sujeto, defendida por Freud. En mayo de 1919 Hesse decide instalarse en la Suiza más mediterránea. Años antes, en 1911, viaja a India, en busca de la verdad que no encontraba en Europa. Verdad que finalmente encontraría en Montagnola, a orillas del lago de Lugano que sería, sin provocarlo, el último hogar del escritor, donde encuentra la estabilidad emocional y desarrolla su extensa actividad creativa. «Una obra que, por su copiosidad, personalidad y vasta influencia, no tiene paralelo en la historia de la cultura del siglo XX», en opinión del biógrafo Volker Michels. En la Casa Camuzzi, Hermann Hesse crea 'Klingsor', un reflejo de su propia existencia y pinta compulsivamente infinidad de acuarelas de vivos colores, que reproducen la luz del mediterráneo. En un ambiente idílico, el autor vive su madurez entre amigos, cuida de su viñedo, recupera la armonía que le ofrece el contacto con la naturaleza y al sol del Tizino, escribe sin cesar. 'El último verano de Klingsor', 'Siddhartha', 'El lobo estepario' y 'Narciso y Goldmundo', surgieron en el retiro tesinés. Doce años después, Hesse, enamorado de su tercera esposa, Ninon, escribe su última obra, la que le reportaría la mayor gloria de la letras, 'El juego de los abalorios'. La novela futurista, ambientada en el s. XXV en Castalia, una provincia dedicada por entero a la actividad intelectual, está considerada su obra maestra y en buena medida gracias a ella recibiría, en 1946, el Premio Nobel de Literatura.

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