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José Ángel Zapatero, director editorial de Menoscuarto, la editorial palentina en la que los divulgadores científicos murcianos José Manuel López Nicolás ('Vamos a comprar mentiras') ... y Daniel Torregrosa ('Del mito al laboratorio. La inspiración de la mitología en la ciencia') ganaron lectores a mansalva, dice que Manuel Moyano (Córdoba, 1963) se propone con su último libro, 'Polvo en los zapatos', «plasmar la extraña belleza y variedad del mundo a través de la escritura». Y lo cierto es que 'Polvo en los zapatos', que recoge pinceladas del día a día desde 2018 hasta 2020 –publicadas en su totalidad en el diario 'La Opinión'–, tiene lo que enamora a los lectores de misceláneas.
Nombres propios en abundancia, lugares comunes para el escritor, casualidades, coincidencias, descubrimientos... ecos multiformes de una vida radicalmente opuesta a la de un ermitaño. La relación de hechos, personas y lugares es lo más sobresaliente de estos textos en los que Moyano pone a disposición de los interesados un mundo que no dispone, aparentemente, de candados.
Autor: Manuel Moyano. Prólogo de Miguel Sánchez-Ostiz.
Editorial: Menoscuarto. Palencia, 2023. 360 páginas.
Hay que remontarnos a 1991, cuando el autor de 'El experimento Wolberg', 'La coartada del diablo', 'Teatro de ceniza', 'El abismo verde' o el delicioso 'Cuadernos de tierra', todos ellos publicados en la misma editorial, recibe un regalo inesperado: un carrito de helados en miniatura. «Cualquier hogar está lleno de objetos inanes para el visitante». Es así. Era noviembre, y Moyano trabajaba en una multinacional de agroquímicos, compartiendo despacho con un tal Paco Alonso, natural de Catral. Nos cuenta Moyano que su compañero le compró, como regalo de boda, aquella miniatura una mañana en que acudieron al mercadillo de Els Encants en Barcelona. Un tipo peculiar, extremadamente formal, del que se sabía, o eso parecía, que estaba casado con su novia de toda la vida, y con la que tuvo un hijo al mudarse a Cataluña. Un día, sin embargo, Paco hizo saber a Moyano que todo era una farsa «para no reconocer el fracaso», que su esposa cambió de pareja y que el hijo era de otro.
«Había celebrado el nacimiento en una convención de la empresa, admitiendo regalos y felicitaciones (...). En la oficina se dejaba ver con cajas de leche en polvo (tal vez siempre la misma caja)». El caso es que este hombre no duró mucho. «Devoraba fármacos y fumaba como un descosido. Dos años después de dejar la empresa, supe que había muerto de un infarto con poco más de treinta años. Saberlo me entristeció, pero no me sorprendió». Historias como estas, que no están en la Conchinchina, sino ahí mismo donde yacemos, nos muestran la capacidad de Moyano para transformar la cosa más zonza en argumento para comprendernos del todo.
Cosas que he descubierto de Moyano, una de las plumas más sueltas –a fuerza de ejercicio– que conocemos, es que tiende a recluirse en hostales de carretera, no lejos de casa, y de precios asequibles, para terminar sus libros. Los escoge baratos, nos dice, «para evitar sentirme culpable si el encierro no resulta fructífero». Porque para avanzar en la escritura, y en eso hay que darle la razón, precisa «trasladarme a un estado mental de irrealidad difícil de alcanzar bajo la corriente de lo cotidiano». Él mismo cita a Juan Filloy, «quien comparó la cabeza de un escritor con un manicomio». Más cosas sobre Moyano: su fascinación por las estaciones de metro, «por los subterráneos, por las bóvedas bajo las que pululan decenas o cientos de homínidos, los ojos de fuego de la locomotora surgiendo de la oscuridad como un dragón dispuesto a devorar a sus presas... solo que el dragón –por esta vez– no nos devora, sino que nos transporta raudamente al mercado de Sant Antoni». Es decir, «una fuente incontable de placer», uno de los lugares que asocia con la felicidad: los mercadillos de libros de ocasión.
También descubrimos su devoción juvenil por el «estilo frondoso, envolvente» de Mujica Lainez; su empeño en superar su aversión por el flamenco; o que su casa perteneció al dibujante 'Chipola' y que una de sus obligaciones anuales «junto con la declaración de la renta y la revisión de ambos coches» es el podado de cuatro moreras en su patio; o que es un jubiloso anfitrión, de esos que en un momento dado se colocan dos bolas de papel en la boca para imitar a Marlon Brando como Vito Corleone...
En 'Polvo en los zapatos' están los amigos, diversos, y eternos, como el fallecido artista vasco-molinense Jesús Montoia, insustituible.
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