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MIKEL NADAL
El problema del plástico

El problema del plástico

Las voces de alarma por la contaminación solo son útiles si ayudan a encontrar más y mejores soluciones y no se quedan simplemente en la profecía de un desastre inevitable

MAURICIO-JOSÉ SCHWARZ

Lunes, 4 de junio 2018, 22:41

Baratos, flexibles, cómodos, abundantes, resistentes... todos los aspectos que convierten a los plásticos en materiales enormemente útiles y de aplicaciones casi innumerables son los mismos que provocan los problemas que conllevan. Desde 1856, cuando se patentó el primer plástico sintético, la bakelita, el ser humano ha aprendido a producir una enorme cantidad de plásticos diferentes. Se trata de sustancias sintéticas capaces de moldearse mientras están suaves (la 'plasticidad' que les da su nombre) antes de consolidarse en forma rígida o elástica y formadas por polímeros, es decir, moléculas similares que se unen formando largas cadenas, lo que le da sus propiedades características.

Para muchos, el plástico es esencialmente una solución debido a sus propiedades mecánicas, resistencia química o térmica, o compatibilidad con los tejidos vivos. Así, los envases de plástico son mucho más baratos y fáciles de producir que, digamos, los de vidrio o cerámica, y por tanto se utilizan para diversos productos. En la medicina, el plástico puede estar en una jeringuilla, un conector, una herramienta quirúrgica o ser incluso un implante que sustituya a una arteria afectada o como parte de un implante coclear para devolverle el oído a una persona sorda. En muchos sentidos, los plásticos son sustancias mágicas, como se les veía con asombro en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

Para otros, sin embargo, el plástico es ante todo un problema. Es un contaminante que, precisamente por su abundancia y bajo coste, se lanza con facilidad hacia el medio ambiente ocasionando todo tipo de contratiempos, desde la muerte de animales por asfixia, por comerlos o por enredarse con ellos, hasta la degradación de ecosistemas y, en un caso extremo muy difundido recientemente, formando concentraciones en los giros o vórtices que se forman en el centro de los océanos debido a las corrientes circulares, muy especialmente la llamada gran mancha de plástico que hay en el Océano Pacífico. No se trata, como creen algunos, de una masa compacta de plástico, sino de una alta concentración de fragmentos que, aunque no se pueden ver desde el aire o desde el espacio, tienen un efecto dañino en el ecosistema marino.

Para algunos, este es un mal necesario a cambio de los beneficios que ofrecen los plásticos. Para otros, urge la prohibición de los plásticos en defensa del medio ambiente. La posición razonable, sin embargo, será la que permita disfrutar al máximo de los beneficios de estos materiales reduciendo al mínimo sus efectos deletéreos. ¿Es posible? Algunos expertos dicen que sí.

Esto implica ir más allá de las prohibiciones, los impuestos y, en general, las reacciones que abordan los plásticos como un mal que hay que extinguir y no como un problema que hay que resolver.

En los últimos años se han desarrollado cada vez más plásticos capaces de ser biodegradados. Eso implica cambiar el problema de la enorme resistencia de muchos plásticos a los procesos de descomposición más comunes. Los plásticos biodegradables tienen aditivos que les hacen descomponerse más rápidamente en presencia de luz, oxígeno, humedad y calor. Es el caso de muchas bolsas de basura diseñadas precisamente para liberar sus contenidos en los vertederos. La Unión Europea tiene un proyecto para que todos los envases de plástico sean biodegradables para el año 2030.

Biodegradables

Los plásticos biodegradables, como la mayoría de estos productos, son obtenidos de la petroquímica, es decir, del procesamiento de petróleo, un recurso que sabemos que no es renovable, de modo que no es razonable esperar que podamos producir plásticos en el futuro. Pero otra forma de cambiar el problema ha sido la creación de los bioplásticos, hechos de materiales distintos del petróleo, como el almidón de maíz, que pese a tener muchas de las mismas propiedades de los tradicionales, son más fácilmente biodegradables e incluso compostables, es decir, se pueden descomponer para ser usados como fertilizantes. Entre sus ventajas adicionales está el que se necesita mucho menos energía para producirlos que los plásticos petroquímicos, y no aumentan el dióxido de carbono en la atmósfera cuando se descomponen.

Además, van surgiendo nuevas técnicas para reciclar distintos productos de plástico, lo cual es útil si tenemos en cuenta la enorme cantidad de ellos que usamos y que son desechables después de un solo uso, sean vasos, botellas de bebidas o bolsas de la compra. El mayor problema del reciclaje es educar a la gente para que recicle los plásticos, que en realidad tienen un precio por kilogramo mayor que, digamos, el acero. Aquí aparece una dificultad adicional poco conocida: la mayoría de los desechos de plástico se producen no en las sociedades industriales, sino en países en proceso de emergencia económica como China e Indonesia, donde además la cultura del reciclaje está aún poco desarrollada.

Para controlar los plásticos que van a los océanos, y que son especialmente preocupantes, la Asamblea del Medio Ambiente de la ONU adoptó a fines de 2017 una meta mundial para abordar este problema conjuntamente con gobiernos y la industria. La Unión Europea también ha determinado la inversión de 100 millones de euros en la investigación de plásticos más inteligentes, más reciclables y más amistosos con su entorno.

La solución más curiosa podría provenir de la propia evolución. En 1975, un grupo de científicos japoneses descubrieron una cepa de una bacteria llamada Flavobacterium que era capaz de alimentarse con ciertos subproductos de la fabricación del nylon, es decir, de digerirlos como un alimento más, utilizando una serie de enzimas que al parecer evolucionaron para este propósito desde la invención del nylon hasta ese momento. Desde entonces, se han descubierto otras especies de bacterias capaces de digerir plásticos, como las que comen PET, el plástico usado para hacer botellas de bebidas, y los científicos han estado buscando perfeccionar las enzimas que pueden lograr esta hazaña.

Las voces de alarma ante la contaminación por plásticos son útiles solo si ayudan a encontrar más y mejores soluciones al problema, y no se quedan simplemente en la profecía de un desastre que presentan como inevitable o exigen una solución perfecta que siempre resulta imaginaria.

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