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Viernes, 14 de Marzo 2025, 10:35h
Tiempo de lectura: 4 min
Estar preparado para lo peor. En un mundo cada vez más inestable, la idea que sustenta la filosofía de los llamados preppers gana terreno en Occidente. Y no solo, como es habitual, asociada a los discursos apocalípticos. Emparedados entre el expansionismo de Vladímir Putin y el anexionismo de Donald Trump que amenaza a Groenlandia, los gobiernos de Dinamarca, Noruega, Suecia y Finlandia promueven el prepping entre su población con llamamientos a pertrecharse ante un escenario bélico en su territorio.
Velas, latas, medicinas y pastillas de yodo forman parte de los objetos que se recomienda tener en casa a los noruegos ante un evento nuclear. Previsores como son, los escandinavos ya recibieron advertencias de este tipo durante la Guerra Fría, pero las de ahora han ganado en intensidad.
Dinamarca, Suecia y Finlandia incluso reabren y revisan su red de búnkeres para de momento, dicen —no todo va a ser alarmismo—, hacer inventario. Suecia cuenta con 60.000; Finlandia, con 50.000; y los daneses tienen espacio para, aseguran, 3,6 millones de personas.
El fenómeno coincide con una creciente popularización del prepping que se suele atribuir a causas como la reciente pandemia, al aumento de los desastres y el calentamiento global, la inestabilidad política internacional, el ascenso de las ideologías autoritarias o, simplemente, como una moda de la cultura pop. Aunque, probablemente, sea la concurrencia de todas ellas lo que está haciendo que cada vez más personas se interesen por estar mejor preparadas ante las disrupciones de la vida.
Se trata, por otro lado, de una disposición que favorece publicaciones como Guía de campo para el apocalipsis: una guía seria para sobrevivir en nuestros tiempos salvajes, la nueva biblia del asunto. En ella, y a pesar del título, su autora, la psicóloga norteamericana Athena Aktipis, advierte de que el prepping no debería ser solo para los que temen el fin del mundo. Tras estudiar a lo largo de dos décadas la reacción de las comunidades humanas al estrés y los desastres, concluye que la preparación ante las adversidades «siempre estuvo incorporada a nuestras prácticas culturales».
Según Aktipis, ha sido nuestro estilo de vida consumista, en el que todo está disponible en las tiendas —y ahora en Internet—, añadido a la extensión de los seguros y el estado de bienestar, que se ocupan de los daños ante un desastre, lo que nos ha alejado de esta práctica tan arraigada entre nuestra especie. «Gestionar el riesgo individual y participar del colectivo son cosas que hemos hecho desde que somos humanos», subraya.
⇒ Se acumulan agua y alimentos enlatados para el periodo en cuestión. Además: linternas, cerillas, mecheros, velas, pilas, una estufa y combustible, mantas, botiquín, productos de higiene y limpieza, una radio, juegos de mesa, libros y, ante un eventual desplazamiento, un vehículo con el depósito lleno, tienda de campaña, saco de dormir, brújula, herramientas…
⇒ El almacenamiento de suministros se complica. Hay que buscar o desarrollar formas de recolectar agua de lluvia y obtener fuentes de alimento. El prepping implica también prepararse física y emocionalmente, además de aprender a hacer nudos, reanimación, detener una hemorragia… Se hace también una lista de personas en las que confiar en caso de emergencia.
⇒ El nivel de prepping superior busca la supervivencia indefinida, con desconexión total del sistema. Implica gran capacidad de almacenamiento, seguridad del hogar de alta gama, generación de recursos propios o, directamente, un búnker. En Finlandia, por ejemplo, hay miles de ellos que el Gobierno ha convertido en instalaciones deportivas, parkings y almacenes. Una política que está siendo revisada ante la amenaza de un ataque ruso.