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Al menos a mí, que estaba acostumbrado a reprimir las lágrimas y a contener mis manifestaciones sentimentales, porque en el fondo nos da mucha vergüenza ... mostrarnos tan vulnerables e indefensos como un niño y evitamos por todos los medios la humedad en los ojos y la efusión lacrimosa en exceso, así que pensamos en otra cosa y nos contenemos.
Ahora se cumplen cinco años de aquella guerra invisible pero inmisericorde, silenciosa pero muy cruel, porque se sucedían las muertes a diario y cada jornada había un parte de baja general como el saldo que arroja una batalla cualquiera. Veíamos en la tele a los enfermos, a los ancianos y a todos los hombres y las mujeres solitarios, encerrados en sus propios pisos, lavándose las manos y duchándose más que nunca, a la búsqueda infructuosa de mascarillas, guantes o trajes EPI, y era la primera vez que oíamos estas palabras y que necesitábamos tanta protección, aunque todavía no conocíamos el alcance del drama.
Entonces empezaron los muertos, el relato angustioso y diario de su agonía. Atendíamos a las noticias, aunque todo aquello nos pareciese una alucinación, una verdadera distopía, el argumento angustioso de una de esas películas de tragedias cuya acción sucede en otro espacio y en otro tiempo.
Las cifras de fallecidos eran altas, pero el drama íntimo y personal de cada día resultaba aún peor, porque, por primera vez, teníamos medios sobrados para seguir la peripecia de la contienda al minuto y casi en directo, pero, a pesar de tanto adelanto técnico y científico, ignorábamos las formas justas del combate y por esto nos sentíamos desarmados.
Reaccionamos como verdaderos héroes, acatamos las órdenes de los mandos sin rechistar, salvo alguna pequeña resistencia de negacionistas y conspiranoicos, tan dolorosas y despiadadas en ocasiones como las que nos impedían despedir a nuestros seres queridos en los hospitales, en las residencias o en los propios domicilios. Notábamos que la muerte nos cercaba, que a nuestro alrededor todo era destrucción, y encima proseguimos con nuestros trabajos en la distancia, con una disciplina laboral encomiable y extraña en estas latitudes y en nuestra cultura. Pero cada tarde nos dábamos un homenaje y bailábamos al ritmo de una vieja canción sesentera y, de paso, agradecíamos de corazón el trabajo inestimable y único de ese férreo ejército de sanitarios, al que por cierto ya pertenece mi hija Elisa Fe. Aprendimos a hacer pan, a vivir en soledad y a exorcizar el miedo. Leíamos, escuchábamos música y veíamos un sinfín de películas cada día. Hicimos amigos, nos adiestramos más que nunca en las redes, y, si era preciso, le hacíamos la compra a nuestra vecina. No les dejábamos salir a la calle a los abuelos y el personal de las residencias hizo de todo para que no corrieran riesgos innecesarios los ancianos. Mi amiga África me compró pescado alguna vez para que no pisara la calle y yo emplacé a mis hijos en la puerta de la casa de su madre para pasar y poder verlos de lejos unos instantes, porque los echaba mucho de menos, pero hubo sacrificios sin número, padres y abuelos que se fueron sin una despedida de los suyos, infinidad de duelos que no se hicieron por una disciplina sanitaria a rajatabla, porque en el fragor de la batalla obedecíamos todos sin pensar.
Nos endureció la pandemia, pero también nos humanizó. Hubo quien afirmó que ya seríamos mejores para siempre, y yo lo sigo creyendo, ya somos mejores cinco años después y sabemos más, porque ganar una guerra como esta solo está al alcance de nosotros, del ser humano, que se levanta siempre tras cada caída y lucha hasta la extenuación y el desánimo.
Aprendimos a ser más duros, pero también recuerdo que cada vez que salía un enfermo recuperado de un hospital se nos ponían los pelos de punta y llorábamos aliviados, porque una vez más estábamos consiguiendo vencer a la muerte e imponer nuestro poder sobre todas las fuerzas oscuras y todos los demonios que nos amenazaban.
Lo peor de esta guerra, como de todas las guerras, fueron los que se aprovecharon para hacer negocios con nuestra sangre, los malnacidos de un signo político o de otro que se enriquecieron con la muerte y el miedo.
Algunos aprendimos a llorar y ya somos mejores.
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