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Es muy probable que hayan experimentado esta sensación en alguna ocasión. Conocen algo fehacientemente de primera mano, y leen lo que se dice del asunto ... en la prensa o en las redes sociales, y se alarman al ver que lo que se cuenta no se parece en nada a la realidad. Lo que suele venir a la cabeza es una enorme duda. Si en las cosas que yo conozco bien, lo que dicen es tan falso, supongo que en todo lo demás, que yo desconozco, también lo será. ¿Por qué no habría de serlo? ¿Vivimos en una gran mentira? No les oculto que esto me genera cierta ansiedad. Me gusta, como creo que, a casi todo el mundo, poder asirme a algunas certezas. Y es difícil vivir cuando todo lo que nos rodea es más falso que Judas.
Ya sabemos que la verdad es un concepto cada vez más maleable, moldeado al antojo de quienes ostentan el poder, de los medios y, en ocasiones, por nuestras propias ilusiones. La realidad se disfraza con datos trucados, desinformación y medias verdades, hasta que, con el tiempo, algunas mentiras se desmoronan, pero ya nadie las recuerda, y otras simplemente se intercambian con nuevos embustes. Probablemente siempre ha sido así, pero qué tiempos aquellos en los que nos creíamos a pies juntillas lo que veíamos en letra impresa.
Entre la multitud de casos en los que a los ciudadanos se nos tomó por imbéciles, hay uno que me sigue molestando especialmente: el del virus de la covid-19. Cuando se cumplen cinco años de aquellos infaustos días, seguimos, al menos un servidor, en la incertidumbre de qué es lo que realmente sucedió. ¿El virus se originó en un mercado de Wuhan donde alguien tuvo la brillante idea de merendar un murciélago? ¿O, por el contrario, se escapó de un laboratorio donde, casualmente, investigaban con virus similares? ¿Fue un proceso natural o un accidente causado por descuido o dejadez? Entre las versiones oficiales, las filtraciones, las teorías supuestamente conspiratorias y los intereses políticos, la verdad sigue todavía en cuarentena.
En la pandemia nos sometieron al mayor recorte de libertades de nuestra vida, sufrieron y murieron millones de personas. Mientras tanto, muchos responsables se pasaban por el forro las restricciones y otros se llenaban los bolsillos a cuenta de mascarillas a precio de oro y otras bagatelas. Volviendo al origen del virus, como he mencionado, existen dos teorías principales: la hipótesis que sostiene que el virus se transmitió de animales a humanos, y la hipótesis de la fuga del laboratorio, que sugiere que el virus pudo haber salido accidentalmente del Instituto de Virología de Wuhan, donde se estudiaban los coronavirus. Ambas versiones tienen adeptos y detractores, y han sido defendidas y desmentidas con igual fervor. En algunos casos por los mismos supuestos expertos en distintos tiempos. Desde el principio, la versión oficial fue el origen animal. Al fin y al cabo, no sería la primera vez que un coronavirus salta de animales a humanos. Se habló de murciélagos como reservorios del virus y de un posible intermediario, los pangolines. Se nos aseguró que el mercado de Wuhan, donde se vendían animales salvajes, era el epicentro del brote. Pero las investigaciones nunca encontraron pruebas concluyentes.
Mientras esa teoría se tambaleaba, la hipótesis de la fuga del laboratorio fue cobrando fuerza. Se sabe que el Instituto de Virología de Wuhan estudiaba coronavirus y realizaba experimentos para aumentar su capacidad de infectar a los humanos. Un informe de los servicios secretos norteamericanos afirmó que la fuga era «la opción más probable», aunque con una «baja confianza» en la conclusión. No me pregunten si esto quiere decir que era mucho, poco o todo lo contrario. Hablando de probabilidades, puede resultar curioso que, frente a los miles de mercados en pueblos y ciudades chinas, el virus apareciera justamente en el lugar en el que estaba el más importante instituto de virología.
En este caso, como en muchos otros, la verdad parece ser una cuestión de conveniencia. Primero se descartó la teoría de la fuga del laboratorio; ahora, es una posibilidad que hasta los organismos internacionales consideran seria. Se nos dijo que era imposible, luego que improbable y ahora, que quizás. Como tantas otras veces, la historia se reescribe según los intereses del momento. Y, mientras tanto, el origen del virus que transformó el mundo sigue envuelto en el misterio. Todo esto me lleva a pensar que, si todo era mentira, al menos que nos cuenten historias que sean entretenidas y nos hagan pasar un buen rato.
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