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Se retira el 'culopollo', con ese pellizco de nostalgia como cuando se jubila uno de esos grandes maestros que cada uno tiene en su memoria. Este curso que empieza será el primero, en 41 años, que no cuente con el C-101 como avión de instrucción de los nuevos pilotos de la Academia General del Aire. Los alféreces alumnos de la base de San Javier tendrán un primer contacto con el vuelo a los mandos de la Pillán –E.26 Tamiz en la AGA–, un biplaza ligero de fabricación chilena que lleva 35 años dedicado a la enseñanza de vuelo elemental en San Javier. En la segunda fase de la instrucción, se enfrentarán al cuadro de mandos digital, el más avanzado de la aeronáutica, en la cabina de la Pilatus, el monomotor suizo que forma parte del nuevo sistema de enseñanza de vuelo.
Los 24 flamantes turbohélices, con su cabina que emula a la de los aviones de combate y sus simuladores futuristas, ya están en el recinto militar del Mar Menor, dispuestos para el servicio. Su tecnología estrena una era en la formación de los pilotos militares y despierta un nuevo entusiasmo por atravesar la puerta del futuro, pero no resta melancolía por la retirada del veterano reactor, que acumula más de 275.000 horas de vuelo en la AGA.
«Que no se retira», corrige con insistencia el capitán Luis Verjano, 'speaker' y relaciones públicas de la Patrulla Águila o 'Pagu', como ellos la nombran familiarmente. En realidad no desaparecerá del cielo, pero ya solo se podrá ver al 'mirlo' volar con la unidad acrobática del Ejército del Aire, en cuyos pilotos han recaído además este año las funciones del Mando Aéreo de Combate (Macom). Tendrán que realizar «algunas calibraciones y misiones de entrenamiento de la unidad de combate», precisa el comandante José Javier Sánchez Martín, jefe de la Patrulla. «No es un avión de combate, pero sirve para entrenar a otros. No tiene armamento ni radar, aunque cuenta con pilones para colgarle una bomba», describe el manchego la aeronave que mejor conoce.
El piloto de caza y ataque cuenta con 2.800 horas en el C-101, de un total de 3.700 horas cumplidas en todo su historial de vuelo. Es el avión de su vida, aunque ha cumplido años de misión con el F-5 y el F-18, pero en el CASA aprendió a volar en la AGA y ha enseñado a varias promociones. «Ves cómo llegan los alumnos a probar el C-101 por primera vez, con ilusión y algunos con muchos nervios, pero para el primer vuelo te lo has estudiado todo antes. Si te supera la situación, puede que no sirvas», afirma el instructor. La carga que supondrán las misiones del Macom les ha descargado de las clases de vuelo, aunque los pilotos de la Patrulla seguirán impartiendo enseñanza en las aulas.
Cualquiera busca en su disco duro mental una imagen aérea y halla unas nubes sobre un paisaje a bordo de un 'Ryanair' cualquiera, pero dominar el cielo es otra cosa, tomar decisiones allá arriba es solo facultad del piloto. «Sobrevolar Marrakech al atardecer en un festival aéreo con el C-101 o en la Vuelta Ciclista a España por Aitana (Valencia) con mala meteo» son experiencias que el comandante Sánchez Martín no olvida.
Se le iluminan los ojos cuando describe el zumbido del 'mirlo'. «Es un ruido peculiar, que reconocemos, no ruge como otros motores, o como la Pillán, que suena a pistones», distingue el piloto.
No puede borrar el silencio que le dejó la caída de su compañero, el comandante Eduardo Fermín Garvalena el 27 de febrero de 2020 frente a la costa de La Manga en un vuelo de entrenamiento. La Patrulla estaba en el aire cuando Sánchez Martín, como líder de la unidad, «le llamaba por radio y solo había silencio. Solo silencio. Luego ves una mancha grande en el agua y empiezas a dar órdenes». Antes de que se dieran cuenta, a la formación de 7 'mirlos' le faltaba ya una de las tres partes en las que se descompone: El Solo, el Par y el Rombo. El Solo se había hundido para siempre con su C-101.
Desde el primer despegue de la Patrulla, en 1985, «la seguridad es lo primero», pero desde los dos accidentes tan seguidos, con la muerte de los dos últimos 'solos' de la patrulla –el 26 de agosto de 2019 el de Marín y 6 meses después, Garvalena–, que eran los artífices de las acrobacias más vistosas y arriesgadas, la patrulla vuela más alto. «La altura te da margen, te perdona algún error que puedas tener, por eso empezamos ensayando alto y, cuando está todo dominado, bajamos un poco, pero sin presión, para que todos se sientan seguros», explica Martín.
De la Pilatus le convence que «reacciona mejor a baja altura. el 101 tarda un poco más». Y por esa fisura se filtra una pregunta que se ha repetido, sin respuesta, a lo largo de los últimos años, desde que se supo de la caducidad del reactor. ¿Qué pasará con la patrulla Águila cuando los C-101 que quedan activos consuman su tiempo?
Según el comandante Daniel Zambrano, con más de 2.500 horas en el reactor, exjefe de la patrulla, «el día que tengamos que sustituirlo como avión exhibidor se tendrán que redefinir y reevaluar muchas maniobras que nunca volverán a ser lo mismo», declaró en la revista de 'Aeronáutica y Astronáutica'. «Unas acrobacias podrán seguir y otras no, pero hay unidades acrobáticas que usan un turbohélice, como la suiza», confirma el actual jefe de la Patrulla. No tienen prisa en abordar este cambio. A los 'mirlos' les quedan aún unos seis años de 'loopings' en el aire. Han regalado la vista de miles de espectadores de todo el mundo 35.000 horas de exhibición por más de 90 pilotos que han pasado por la Patrulla. Le pone alto el listón a su sucesor.
El jefe de los 'Águila' es coetáneo del reactor. Nació un año después de que el 101 llegase a la Academia, en 1980. Los dos primeros, recién salidos de la fábrica de Construcciones Aeronáuticas SA, los trajeron a la pista de San Javier el comandante Sansano y el capitán Paino el 27 de marzo. El nuevo 'pájaro' supuso una revolución similar a la que ahora ha generado la Pilatus. Llegaba con sello nacional, por lo que ha imprimido un sentimiento de orgullo patrio en la familia del aire y entre el público, que acude en masa a la costa del Mar Menor cada vez que la Patrulla anuncia sus exhibiciones.
En aquellos tiempos de cambio para el país, el Mirlo fue un presagio más de modernidad. Desplazó al Mentor, que ya sumaba 100.000 horas de vuelo desde su llegada a España en 1985. En esta vetusta aeronave se 'soltó' el rey Felipe VI cuando tenía aún cara de niño en el curso 87-88. Poco después lo hizo en el C-101, ya que le comprimieron la formación aeronáutica en un solo curso. El verdadero rey del 'Mirlo' es sin embargo el comandante Luis Barberá Alarcón, el piloto que más horas de vuelo ha sumado con el CASA, nada menos que 5.000, por lo que conoce el avión como a un hijo. Por algo es uno de los responsables del mantenimiento de esta aeronave. El equipo técnico y mecánico del Aviojet siempre tuvo fama de alta especialización. Han tenido que estar a la altura que exige garantizar la integridad de los pilotos a pesar de algunos enemigos pertinaces, como la corrosión que genera la cercanía del mar y los recortes presupuestarios para mantenimiento.
En 2019, antes de los dos accidentes, el 101 perdió un 26% del presupuesto de mantenimiento. El equipo técnico pasó de contar con 17,6 millones en 2018 a tener que poner a punto los 60 reactores disponibles con 12,9 millones.
Por los hangares de la AGA se reparten las siluetas espigadas de estos aviones trajeados de rayo bicolor, quietos ya mientras los 'Águila' están en tierra. Algunos esperan chapa y pintura. Puede que varios cedan piezas. Todos serán repintados con el 'traje' patrullero por si es necesario sustituir a alguno de los titulares. De momento, el 'culopollo' seguirá dibujando en el cielo la bandera española, con el sistema de humos de colores que ideó el teniente Carlos García Sánchez para los eventos de 1992. Un poco de todos los que han conservado, mejorado o pilotado el reactor en la AGA volarán de nuevo en espíritu con la Patrulla el próximo 12 de octubre en el desfile de las Fuerzas Armadas.
Captar su silueta afilada con una cámara pasa a ser «una pieza codiciada», afirma el fotógrafo de aviones o 'spotter' Alejandro Flores. El observador del aire asegura que «es muy identificable en el cielo, pero ahora pasará a ser una rareza».
Sus pros y sus contras tiene esta sustitución de aviones, por otra parte inevitable. Para el comandante Sánchez Martín, el C-101 es «un avión cómodo, económico en mantenimiento y consumo, supernoble, fácil de volar y muy bueno para la enseñanza. La Pilatus es más que un avión, es un sistema de enseñanza», aclara el piloto. En la AGA aún están realizando obras de adaptación al nuevo dispositivo, que incluye sistemas de simulación de salida de emergencia, un simulador básico de vuelo y dos simuladores de bóveda. El personal lo protege como el arca de la alianza. Todo el sistema ha costado más de 200 millones de euros al Estado. LA VERDAD accede a la sala de simuladores, donde nadie ajeno al Ejército del Aire ha entrado aún. Defensa confía en que ahorrará tiempo y recursos en la formación de los futuros pilotos, que podrán superar en el eficiente simulador pruebas que antes solo se conseguían en el aire. Ya en vuelo, la PC-21 no es un avión supersónico. El C-101 tampoco lo es, con unas 450 millas por hora frente a las 370 de la Pilatus. El 'mirlo' vuela «un poco más lento que los aviones comerciales», traduce el piloto.
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