Desconocido. Uno de los espléndidos patios interiores del histórico convento de las Agustinas, reservado su acceso por la clausura a las religiosas que lo habitan.
La Murcia que no vemos

¿Qué tesoros encierran los conventos murcianos?

Tras el cierre de varios monasterios en los últimos años, el foco se sitúa en el de las Agustinas, el mayor de todos

Domingo, 23 de marzo 2025, 08:39

Está pasando, aunque nadie repare en ello. Y luego, como siempre en nuestra desmemoriada Murcia, vendrán los lamentos. Lamentos por el patrimonio cultural que perdimos ... cuando no pocos conventos echan el cierre y se llevan, a menudo a deshoras, los tesoros que durante siglos custodiaban. Tesoros que, por cierto, fueron donaciones de murcianos con la evidente voluntad de que siempre se conservaran en la ciudad.

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La falta de vocaciones ya ha causado espantadas. Es el caso, como contó mi colega Rebeca Pérez en LAVERDAD, de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados de Caravaca (1883-2024); los franciscanos de Cehegín, artífices de la llegada de la Virgen de las Maravillas hace tres siglos, que dejaron el convento en 2022; las Hijas de la Caridad de Blanca (1897-2019); y las clarisas de Mula, que en 2019 abandonaron la Encarnación tras tres siglos y un juez las obligó a devolver cuanto se llevaron, hay que señalar que de buena fe, a su nuevo monasterio.

Sumen a eso a los franciscanos de la Virgen de las Huertas de Lorca, que allí anduvieron cinco siglos y los dominicos de Murcia, que dejaron la capital del Segura en 2018 tras cuatro décadas de servicio. Como colofón a esta desbandada se encuentran las monjas benedictinas de la Fuensanta, junto al santuario de la Patrona desde 1978, y cuyo patrimonio vaya usted a saber dónde ha ido a parar.

Aún está por aclarar, pues no existe catálogo oficial ni se le espera, qué tesoros custodiaban estos monasterios. Y cuál es su paradero. Visto lo visto, el foco se centra ahora en el histórico convento de las Agustinas. Peligro.

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Es un auténtico joyero, empezando por el edificio, que custodia o debería custodiar otra parte inmensa del patrimonio cultural murciano. Pero nadie sabe, a ciencia cierta, la magnitud de sus fondos.

No poco, de entrada, se ha perdido. En julio de 1936 el convento fue saqueado. El archivo histórico junto a valiosas tallas de Salzillo y casi todos los retablos del templo se perdieron. Sin embargo, los autores coinciden en señalar que el afamado belén, atribuido a Salzillo y a su padre Nicolás, corrió otra suerte. Fue embalado y se envió a Barcelona, donde se le perdió la pista. Esta es la primera y dudosa hipótesis.

Arriba: El Santísimo Cristo de la Humildad, otra de las obras propiedad del convento, en una litografía datada en el sigo XIX. Abajo: Custodia del obispo Rojas, quien yace en el convento y el llamado Niño Portero, del siglo XVIII, que posee un rico ajuar.

Las Agustinas, en realidad, pidieron al escultor Carrión que escondiera el belén en su taller tras una doble pared donde permaneció a buen recaudo. Cuando acabó la contienda, en señal de gratitud, las religiosas le regalaron una pieza: una anciana de estilo napolitano en barro. ¿Por qué no guardaron todas las figuras? ¿Acaso ya habían sido destrozadas o robadas?

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Un belén mal regalado

Lo único que parece claro a estas alturas sobre el belén es que fue regalado (o comprado) a una familia alicantina, los Campdera, de Denia. En el año 2010, un galerista sacó a la venta nueve piezas que supuestamente pertenecieron al Belén. Las figuras, datadas en el siglo XVIII, eran de un empresario alicantino, quien se las compró en 1910 a las religiosas. Ahí lo dejo.

El convento atravesaba tantas penurias económicas que obligaron a la comunidad a vender. Algo similar tuvieron que hacer en la década de los cincuenta, cuando renunciaron a parte de su colección de cuadros e imágenes para mantener el monasterio. ¿Dónde están? Otra incógnita.

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Después de perder unas cuantas dioptrías leyendo legajos, periódicos antiguos y no pocos libros de reputados investigadores, creo que entre aquellos muros se conservan piezas de gran valor, en gran medida donadas por murcianos, lo que equivale a concluir que a Murcia pertenecen. Pongo por caso un San Juan de Ribera y la más conocida Santa Cecilia, de Roque López. O el impresionante (que a pocos impresiona pues nadie lo admira públicamente) San Agustín de Salzillo.

A estas piezas se suma un Cristo de Medinaceli, una Inmaculada de la escuela granadina, un San Miguel de Antonio Dupar, datado en 1731 y que el Centro de Restauración de Bienes Culturales restauró in situ en 2007. Añádanle el Cristo de la Agonía o la Humildad, del siglo XVI y que acompaña a las monjas hasta su última exhalación.

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Otro caso vergonzante es la situación del Eremitorio de la Luz. El Ayuntamiento lo apadrinó en la desamortización de Mendizábal para evitar su venta. Fue entonces cuando los frailes se convirtieron en «labradores» y funcionarios municipales que pagaban una arrendamiento.

Tuvieron que abandonar el hábito, pero conservaron su hogar. De ahí data la propiedad pública del lugar, aunque la posesión recae, según la tradición, en el Obispado «mientras quede un fraile vivo».

El desastre de 1936

Entrado el siglo XX, un Consistorio republicano intentó recuperar la finca. Pero las protestas de los murcianos disuadieron a los ediles. Aunque en 1936, con el inicio de la Guerra Civil, el edificio fue asaltado. Imágenes de Salzillo y un cuadro de Murillo se convirtieron en cenizas.

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Durante la última década del siglo XX quedaban en el monasterio tres frailes y tras la muerte del último, Manuel del Santísimo Sacramento, el obispo Reig Pla lo cedió a otros religiosos que, desde 2007, continúan la tradición, si bien desvirtuada en lo de conservar las tallas.

Hubo que trasladarlas de urgencia al palacio episcopal. Lo sé, porque firmé la autorización de ese traslado. El estado actual del eremitorio clama al cielo. Casi ruina total. Hace no tanto se desplomó parte de un ala. Y aquí, señores, no pasa nada.

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Es un aviso de lo que puede suceder con las Agustinas, quienes conservan con celo un patrimonio inmenso, entre el que se cuenta el pavimento del suelo que donó Isabel II, aunque la falta de vocaciones podría causar su salida de la ciudad. Si eso pasa, ojalá que nunca suceda, sería recomendable contar con un catálogo actualizado de cuanto allí se conserva. Hasta la última piedra que tantos murcianos donaron de buena fe.

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