Una buena masa casera, mortadela de Bolonia (DOP), mozzarella, burrata, pesto y granela de pistacho, además de una cocción en horno de leña y mucho ... cariño. Estos son los ingredientes de 'La Pistachosa', la mejor pizza de la Región de Murcia según quedó establecido en la segunda edición del campeonato de Las Mejores Pizzas de España. El autor de esta delicia es Antonio Matías González, alias 'Patillas', apicultor en sus ratos libres, que un buen día decidió romper con todo el «estrés» de su trabajo en el sector logístico, «muy bien pagado», para dedicarse por entero al sueño de alimentar al personal con las pizzas que tan bien le salían en el garaje de su casa, a un par de metros de donde ahora triunfa la pizzería La Ritornata.
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La Ritornata no es una pizzería cualquiera. En realidad es un 'foodtruck' -un remolque, más bien- donde cabe el horno de piedra, dos o tres trabajadores como mucho, los ingredientes y poco más. Tampoco le hizo falta a González devanarse los sesos en busca del local perfecto en el centro de Murcia para cazar el mayor número de clientes posible. Todo empezó, precisamente, en el garaje de su casa. Este antiguo legionario -de ahí su apodo de 'Patillas'- se había comprado un horno de leña con el que hacía pizzas por pura afición para su familia y amigos. Tíos, primos, sobrinos, vecinos y colegas de toda la vida que, claro, eran los conejillos de indias más felices de este planeta. Y de esas caras de placer al hincar el diente al triángulo de la porción del bocado italiano por antonomasia nació la idea de La Ritornata. «En la pandemia empecé a tirarle fuerte al tema de las pizzas en casa. Mis amigos flipaban. Me decían: '¿Y por qué no te montas un negocio?'».
Antes de todo esto, Antonio Matías González pasó de chico por un seminario en Cuenca, en Uclés, pero no precisamente por vocación. «No estudiaba ni hacía nada, pero me recorría el monasterio de arriba a bajo. Dios no me llamó, ni me mandó un 'whatsapp'», sonríe. Dos años estuvo allí Matías hasta que le echaron «por pegar a un cura». Fue un tiempo después, a los 16 años, cuando el chaval probó las 'mieles' de la hostelería gracias a un amigo de la familia, propietario de un asador, que pidió a la madre que el joven echara una mano en verano. «Empecé cobrando 80.000 pesetas y trabajando 16 horas diarias», recuerda. «No me gustaban los estudios».
Como lo de hincar los codos no era lo suyo, Matías no pudo esquivar el servicio militar. Y, haciendo la mili, pensó hacerse militar profesional. «Me fui a Melilla tres años y después pedí Almería como destino, a la Legión, donde estuve otro año». Hasta que dijo «basta» al uniforme caqui y se 'enroló' 18 años en el sector logístico. «Nacido, criado y engordado» en Llano de Molina, según sus propias palabras, Antonio Matías González siempre había tenido curiosidad por el mundo de la cocina y, en concreto, por las pizzas y la gastronomía italiana. De comprarse el horno de piedra para preparar masas por puro divertimento, Antonio Matías González pasó a investigar en 'YouTube', a preguntar a colegas italianos, y a visitar panaderías reconocidas de su entorno como La Solera y La Subirana. Y se lo empezó a plantear en serio. Abrió un canal en Telegram para ampliar el espectro de clientes... y también de opiniones «de gente que no fueran muy allegados». Y entonces publicaba en la red: «Hoy voy a hacer 30 pizzas». Las cobraba baratas, a unos 7-8 euros las de 33 centímetros de diámetro, con el objetivo de que los clientes le comentaran las carencias y virtudes de sus creaciones, y con la única finalidad de ir afinando el tiro. Con eso cubría los costes y su mano de obra, porque entonces tenía «menos papeles que una liebre» y tampoco le hacía falta «para el autónomo» y esas cosas que ahora, cuando su negocio está más limpio que una patena, le son indispensables.
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El garaje inundaba de olor a pizza todo el pueblo y el negocio terminó por salir pronto a la calle. De forma literal. La Ritornata abrió el 11 de noviembre de 2021 en una calle de LLano de Molina después de un periplo farragoso por el Ayuntamiento de Molina en busca de los papeles necesarios. El remolque sobre el que se asienta la pizzería da servicio a unas pocas mesas que ocupan buena parte de la calle La Cruz en la pedanía molinense, donde también juegan los niños a la pelota y pasean las madres con sus carritos de bebé. El principal sustento de La Ritornata es el servicio a domicilio y para llevar (take away). De hecho, tanto lo peta esta pizzería que «una señora de Murcia encargó dos pizzas y mandó un taxi a recogerlas. No sé lo que le costaría el taxi, pero le costó más el entierro que la abuela». Matías encantado. Y la clienta también. Al final, la idea es centralizarlo todo poco a poco en el 'take away' y dejar solo una o dos mesas altas para «evitar las mayores molestias posibles a mis vecinos», explica.
La gente llama para reservar y Matías pregunta: «¿Es la primera vez que vienen? Porque estamos en la calle. Y aquí no hay estufas, no hay sillas...». Tal y como explica el fundador de La Ritornata, «la gente se va a esperar a otros bares. Vienen y se comen la pizza en la calle, haciendo frío. Algunos se han comido la pizza debajo del paraguas, lloviendo», se sigue sorprendiendo. «Viene gente de Caravaca de la Cruz, de Orihuela... ¿Es que no hay pizzerías en esos pueblos?», bromea.
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Levantó la persiana con «mucho miedo a abrir», con buenas dosis de incertidumbre, como suele ocurrir en estos casos y con más motivo tras una pandemia que había arrasado con cientos de locales en la Región. Pero también abrió con un gran desequilibrio entre la oferta y la demanda. «Siempre me faltaban masas y pizzas. Llamaba a mis amigos y cuando venían ya no tenía ni una pizza para darles. Fue un éxito total», sonríe al echar la vista atrás. Ahora mismo tiene una treintena de opciones en carta. Desde la famosa y exitosa 'Pistachosa', «que es la que más se vende con diferencia», hasta las más 'mainstream' de barbacoa, carbonara o atún y bacon, que ha sido renombrada por Matías como 'Tú sabrás', porque no le ve mucho sentido «sabroso» a la combinación de carne y pescado.
Antonio Matías González Hernández (Llano de Molina, 1979) es un tipo jovial con la voz algo ronca que habla a pecho descubierto y que cae bien desde el primer minuto porque se ríe hasta de sí mismo. Caballo ganador. Con el nombre de la pizzería, un nombre de pila que podía ser italoargentino de Buenos Aires y esa sonrisa de galán, preguntamos por unas supuestas raíces italianas. «Ni confirmo ni desmiento Yo estuve trabajando en Italia unos meses con el tema de la logística, y me comí unas cuantas pizzas», abunda en la ambigüedad.
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Las raíces propiamente dichas van más por Pilar, su 'nonna', su abuela materna del alma, que fue quien le crio, quien le enseñó los valores del trabajo «y la vida en general» cuando Matías no levantaba dos palmos del suelo. Su madre fue «la primera mujer que se divorció en el término municipal de Molina de Segura y ella tuvo que trabajar mucho, y yo me tuve que criar con mis abuelos. Por eso digo que mi abuela fue quien me aportó los valores de la vida. Siempre mirar arriba, trabajar y dejarse de tonterías», define. La abuela Pilar falleció hace unos años y no llegó a probar las pizzas de su nieto, aunque Matías tiene claro que ella es la que ahora le está «ayudando» desde otro plano. En este plano, el terrenal, también echan una buena mano su madre, su tía, y un «equipazo» de trabajadores a quien el jefe no quiere dejar de mencionar porque «sin ellos no sería posible».
La abuela Pilar no era «muy partidaria» de dar pizzas al nieto. Ella era más de platos de cuchara y cocina tradicional que no siempre se recibían con demasiado jolgorio en la mesa. «Y yo creo que por eso cogí luego las pizzas con tantas ganas», reflexiona Matías a toro pasado.
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-Y usted, de pequeño, ¿qué comía bien? ¿Qué le gustaba?
-Yo para comer siempre he sido un mezquino y un gilipollas. Yo voy a un restaurante y les digo: por favor, que no lleve cebolla fresca, que no lleve tomate fresco... Y me preguntan: ¿Es alergia, intolerancia? Y les digo: No, soy gilipollas, directamente. Mi abuela me hacía un plato de cuchara, unas lentejas, y le decía que no me gustaban. Pero me mimaba demasiado, y me hacía unas patatas fritas, y unos huevos fritos, y unas costillitas de cordero...
-Y ahora, ¿le gustan los platos de cuchara?
-Me los bebo.
-¿La pizza puede llevar piña?
-Nosotros la tenemos en la carta, y la llamamos 'Discordia'.
En la vorágine del trabajo, Antonio Matías González ve por una rendija del 'foodtruck' a una chica dando el primer mordisco a una porción de pizza «con una cara de placer...». Y ese es el objetivo principal de González, al fin y al cabo. Ver en sus clientes la misma cara de gozo que él siente al fabricar sus pizzas... y al comérselas.
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Pero, ¿por qué La Ritornata? Aquí entra ya algo de inventiva, pero con mucha carga de realidad. «En publicidad las cosas no tienen por qué ser reales, pero sí parecerlo», afirma el pizzero, que traslada la historia impresa en el cartelón que cuelga del remolque, presidido por una imagen de la 'nonna' Pilar. Esa historia hace referencia al Sirio, el buque que naufragó frente a la costas de Cabo de Palos. «Una abuela le dio a su nieto, que se embarcó en el Sirio, la receta de la masa de su pizza para sacarle dinero en América y poder volver pronto a Italia», explica González. «Cuando naufragó el barco, el capitán Giusseppe Piccone se puso a salvo -lo de abandonar el navío el último se lo dejamos a otros- llevándose todas las cosas de valor de la caja fuerte: joyas, títulos de bolsa, y la receta de la masa de la pizza de la abuela», continúa el relato. «A los pocos meses murió el capitán y, con el paso de los años, esa masa ha llegado a mis manos», zanja, atribuyendo también al capitán el robo de la receta. «Nuestra pizza 'Piccone' lleva chorizo picante de León, pero también se llama así por el capitán, que fue un auténtico cabrón». Pues que sea una 'Piccone' y una 'Pistachosa', por favor.
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