Un año después, nada ha cambiado. El 8M vuelve a sacar los miedos y fobias más acendrados hacia el feminismo. Durante este año de pandemia, ... centenares de concentraciones, marchas y manifestaciones se han celebrado por toda la geografía española. En la mayoría de ellas, las medidas sanitarias se han cumplido y no ha existido problema alguno. Pero he aquí que las mujeres solicitan permiso para manifestarse desde el acatamiento de esas mismas medidas de seguridad, y los criterios objetivos aplicables a todas las situaciones se solapan con un plus ideológico bastante mezquino que vuelve a convertir al feminismo en la cepa más peligrosa del coronavirus. Si ponemos el caso de la Región de Murcia, ninguna de las más de 400 manifestaciones que se han celebrado durante el último año han merecido un solo comentario del responsable de Salud. Sin embargo, el pasado jueves, el consejero Juan José Pedreño criticó abiertamente la decisión de la Delegación del Gobierno de autorizar varias manifestaciones con motivo del 8M. La pregunta que surge de inmediato es: ¿por qué este súbito celo por recomendar la no celebración de estas marchas, cuando, en cambio, se ha guardado un estratégico silencio sobre cada una de las protestas convocadas por la ultraderecha? Uno le presupone y le concede al responsable de Salud la autoridad científica necesaria para que cualquiera de sus afirmaciones obedezca a estrictos criterios sanitarios, en los que las preferencias personales o partidistas están exentas. Dicho de otro modo: si se pueden convocar manifestaciones dentro del marco normativo vigente, todas ellas &ndashsin distinción&ndash resultan igual de inocuas o peligrosas. El motivo de su convocatoria no convierte a unas en más peligrosas que otras. Ni las reivindicaciones de la ultraderecha ni la de las feministas las hace, a priori, más contagiosas o letales. Quiere esto decir que si una convocatoria cumple con las limitaciones impuestas por Salud, cualquier comentario del consejero del ramo sobra. Porque si, en unos casos se pronuncia y en otros, no, ese suplemento de opinión ya no cabe ser interpretado como ajustado a su rol científico, sino, por el contrario, al de 'hooligan' partidista. La ciencia &ndashcomo cualquier campo de conocimiento humano&ndash siempre tiene un sesgo. Pero por el bien de la credibilidad de sus representantes, y atendiendo al grado de hartazgo y de indignación de gran parte de la ciudadanía, sería aconsejable que ese sesgo ideológico se gestionase con un mayor grado de inteligencia y de disimulo. La imagen del feminismo como supercontagiador que se nos quiere vender constituye uno de los mayores insultos al sentido común que se han producido en los últimos tiempos. No aprovechemos la situación de alarma en la que nos encontramos como trinchera desde la que disparar a discreción a todo aquello que ideológicamente desagrada. Jamás he criticado, durante estos meses, una sola manifestación por motivos de desavenencia en las ideas defendidas. Si se cumplen las normas, se cumplen. Si no se cumplen, no se cumplen. Pronto comienza el consejero de Salud a decepcionar y a comportarse como un tendencioso agente político.
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La indiferencia es una de las formas del odio.
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En la actualidad, el dolor existente es como la crisis económica: solo somos capaces de advertir su plano superficial. Lo más importante y dramático de él está todavía por salir. La lucha por la supervivencia no nos ha dejado aún tomar plena consciencia de las ausencias. Caminamos sobre un abismo emocional y la voluntad desesperada de seguir hacia adelante nos hace creernos la ficción de que caminamos sobre plano. Pero no: estamos cayendo.
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El plan de compras y de autorización de vacunas de la Unión Europea ha demostrado que este necesario proyecto de cohesión y hermanamiento de las naciones que integran el viejo continente ha degenerado en una superestructura burocrática inútil y desnortada. Urge refundarla. Porque la Unión Europea es imprescindible. Sí, la Unión Europea. Pero no este aparato hipertrofiado de diletantes al que las farmacéuticas le toman el pelo y condena al continente a más muertes y ruina económica. Para que luego digan que el único país en el mundo en el que nadie dimite es España. No entiendo cómo Ursula von der Leyen &ndashque lo único que sabe es lanzar mensajes agoreros para blindarse con un escudo de miedo&ndash no se ha marchado ya a casa.
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