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Autorretrato de Vivian Maier, cuya vocación pasó inadvertida al resto toda su vida. :: WEB OFICIAL VIVIAN MAIER
La niñera del cuarto oscuro
FOTOGRAFÍA

La niñera del cuarto oscuro

La subasta de un trastero saca a luz la obra de Vivian Maier, la 'nanny' que triunfa tras su muerte como una de las mejores fotógrafas del siglo XX

SERGIO GARCÍA

Sábado, 3 de mayo 2014, 12:31

A Vivian Maier (Nueva York, 1926-Chicago, 2009) no se le conocía otra ocupación que pasear a los niños de los demás, ni más afición que encerrarse con llave en el cuarto de las casas donde la empleaban. Así durante años, sin otro acontecimiento que rompiera la atonía de su existencia que las escapadas que hacía al extranjero y de las que apenas nadie tuvo noticia hasta su muerte. Quienes la conocieron la definen como alguien gris, intelectual, reservada, excéntrica, celosa de su intimidad; la palabra 'obsesiva' sale a la luz con más frecuencia de lo que a ninguno nos gustaría en nuestro obituario. La descripción, sin embargo, encaja con esa niñera que vestía sombrero de ala ancha, abrigo de lana y calzaba zapatos de hombre, perennemente parapetada tras una cámara de fotos y a la que gustaba retratar su sombra en parques, escaparates y callejones. Una presencia desasosegante, nada que ver con Mary Poppins.

Vivian Maier ha cosechado después de muerta la fama que jamás tuvo en vida -aunque, a decir verdad, tampoco la buscó- y lo ha hecho gracias a una extraña carambola de acontecimientos que convierten su peripecia vital en algo único. Su obra va camino de ser un fenómeno editorial, ha merecido exposiciones desde Los Ángeles a Londres y como toda buena historia americana, la suya ha acabado en el cine. El detonante de ese feliz alineamiento de planetas tiene nombre propio. John Maloof es un joven de Chicago que mataba las horas reconstruyendo el pasado del Northwest Side, un distrito residencial próximo al lago Michigan donde los inviernos se hacen eternos y el viento desdibuja las columnas de vapor que emanan del asfalto. Su existencia discurría sin mayores sobresaltos hasta que un día decidió participar en una subasta de esas a las que son tan aficionados los americanos y que se resumen en compre usted a ciegas el contenido de ese trastero y tal vez se lleve una sorpresa.

Maloof pagó 400 dólares por un lote que contenía cientos de negativos y del que, en un primer momento, decepcionado, creyó no obtener mayor provecho. Pasaron varios meses hasta que aquel paquete anodino volvió a captar su atención por casualidad. Había empezado un curso de fotografía, así que decidió escanear los negativos y... ¡eureka! Descubrió el tesoro que había caído en sus manos: una colección de imágenes que diseccionaba con la habilidad de un cirujano la sociedad norteamericana de la segunda mitad del siglo XX, obra de una niñera que escondía su auténtica vocación con la habilidad de un agente secreto. Las fotografías le cautivaron. Más tarde empezaría a establecer paralelismos entre el trabajo de Vivian y lo que otros artistas consagrados habían conseguido; un cruce entre Henri Cartier Bresson y Diane Arbus, entre Weegee y Winogrand. Pero lo primero en que reparó fue en la gente, en el profundo contraste que anidaba en el corazón de la sociedad, en la cercanía con los más desfavorecidos, fruto de la empatía de alguien que conocía la dificultad de abrirse camino, más interesada en lanzar una mirada de curiosidad que en cultivar la aprensión. Vivian fotografiaba y desaparecía, sin dejar más prueba de su paso que una tenue corriente de aire. Como un espectro. Sus paseos, a veces con los niños que cuidaba, le conducían lo mismo a playas, jardines y teatros en días de estreno, que a patios con un regusto a West Side Story y barriadas de miseria donde cualquier alusión al sueño americano suena a broma de mal gusto.

John Maloof empezó a contactar con los otros compradores de aquella subasta -lo que había desperdigado el archivo de Vivian a los cuatro vientos- y no paró hasta reunir de nuevo el 90% de los fondos. El resultado son cerca de 150.000 negativos en color y en blanco y negro -Maier casi nunca revelaba las fotos, lo más probable por falta de dinero-, 3.000 grabados, cientos de carretes y un inconmensurable fondo documental a base de recortes de periódico que sirve de telón de fondo a ese fresco atrapado durante décadas y almacenado en un trastero por falta de espacio.

Lo cierto es que la vida de Vivian es un misterio, incluso para la gente que formaba parte de su decorado diario.

Desde los Gensburg de Chicago, una familia con tres hijos para la que trabajó durante casi dos décadas, hasta los empleados del cine que solía frecuentar cuando le llegó la hora (meses antes había resbalado en una placa de hielo y se había golpeado la cabeza, lo que marcó su declive definitivo).

El manager de la sala, el primer sorprendido por la repentina celebridad de aquella anciana, no duda en rememorar los recelos que le provocaba, hasta el punto de dudar incluso sobre su salud mental. La muerte le sobrevino a los 83 años, acosada por las deudas y sola.

Foco en Chicago y Nueva York

Vivian nació en Nueva York, pero su infancia y juventud transcurrió en Francia, de donde volvió para quedarse en 1951. Hija de francesa y austriaco, su padre desapareció de escena al poco de llegar ella al mundo y fue su padrastro, un reputado retratista, su mayor influencia. Aquella joven desgarbada y solitaria, pero orgullosa e independiente, no tardó en hacerse con una Rolleiflex, el apéndice que no le abandonaría jamás y que es una presencia constante en sus autorretratos. La cámara tiene el visor arriba y es mucho más discreta que cualquier aparato que se lleve a la cara, por no hablar de que se puede ocultar en el gabán. Colgada a la altura del vientre, las fotografías parecen tomadas por un niño, lo que imprime a su trabajo una pátina de descubrimiento permanente, de disimulado asombro.

La mayor parte de su obra pone el foco en Chicago y Nueva York, donde nada escapa a su curiosidad. Vivian no se conforma con ser un 'voyeur' y sorprender gestos que en cuanto se saben observados pierden frescura y naturalidad. A menudo salta la barrera de los convencionalismos sociales, se acerca y mira de frente, provocando en su objeto de atención un amplio abanico de reacciones: sorpresa, diversión, desgana, enfado, indignación. No por eso se amilana. Sigue adelante y sus pasos le llevan desde solares en ruinas donde se refugian los indigentes, entre colchones y cartones, hasta ese lienzo de inspiración típicamente norteamericana que es el 'downtown', donde se mezclan los negocios y los sucesos, el ultramarinos y el kiosco de prensa, la gala a las puertas de un museo y la matinal en un cine. El star-system encarnado en Kirk Douglas o Audrey Hepburn abriéndose paso a codazos entre agentes de la ley, alcohólicos irredentos, hombres que lucen barriga y cercos en las axilas como si fueran medallas de guerra, mujeres con estolas de zorro, parejas abrazadas en el transporte público, niños afanándose en sus juegos. El aliento de la vida.

Y siempre a escondidas, sin darse importancia, ella es el único público al que buscaba satisfacer. Cuando en la película documental que ha rodado Maloof desfilan los personajes de su vida, la primera pregunta desarma por lo plano, y al mismo tiempo absurdo, de la respuesta. - «¿Usted sabía quién era Vivian Maier?». - «Por supuesto, la nanny».

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