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Abejas muertas en el último incidente al pie de un grupo de colmenas. :: AARM
Exterminio en las colmenas
COMARCAS

Exterminio en las colmenas

Denuncian la muerte de millones de abejas en Cieza y Calasparra por la presunta acción de insecticidas agrícolas

ANTONIO GÓMEZ

Jueves, 6 de febrero 2014, 09:43

Un auténtico exterminio, con millones de abejas muertas. La Asociación de Apicultores de la Región (AARM) denunció ayer la muerte de «varios millones de abejas» entre Cieza y Calasparra, una catástrofe que, además de destrozar el medio de subsistencia de al menos siete explotaciones, pone en peligro la polinización de los frutales de hueso de los cultivos de la zona. La asociación ya ha puesto los hechos en conocimiento de la Guardia Civil.

El golpe ha sido muy duro, ya que en toda la Región se estima una población de unos 30 millones de abejas, conocidas taxonómicamente como antófilos, literalmente «amantes de las flores». Según AARM, la extinción masiva responde -según sus indicios- a una fumigación agrícola con insecticidas. Los apicultores han detectado por ahora 1.200 colmenas afectadas, con los enjambres aniquilados -con un coste de unos 40 euros por cada uno de ellos-, pero fuentes del sector aseguran que en los próximos días se conocerán muchos más casos, ya que hay apicultores que todavía no han inspeccionado sus asentamientos

Varios testigos alertaron a la AARM de la llegada de la muerte masiva a cientos de colmenas entre la Vega Alta y el Noroeste, concretamente entre los términos municipales de Cieza y Calasparra. La zona afectada, a ambos márgenes de la carretera que discurre entre la Venta del Olivo y Calasparra, cuenta con más de un millar de colmenas.

Si tenemos en cuenta que cada colmena posee una población aproximada de unas 30.000 abejas, con que solamente hubiera muerto el 15% de cada una de ellas, las bajas ascenderían a unos 5 millones, aunque la cifra se presume muy superior, según Carlos Zafra, uno de los responsables del citado colectivo.

En plena floración

Zafra explica que la muerte ha sido provocada «por el uso de insecticidas de manera incontrolada y sin seguir las recomendaciones de uso», como es la prohibición de su utilización en esta época de floración, la de mayor actividad de los antófilos, por el peligro que supone para ellos.

La situación se ha visto agravada, según los expertos, debido a que el año seco que sufrimos ha impedido que haya germinado en esta época flora auxiliar en abundancia, con lo que los himenópteros están centrando prácticamente toda su labor en el polen de las flores de los cultivos de frutales, sobre todo melocotoneros, dirigiéndose irremediablemente hacia una muerte segura.

El año pasado, durante las floraciones del azahar se produjeron también intoxicaciones masivas, «pero nada comparable a lo que ha sucedido ahora», indica Zafra. «Entonces denunciamos los hechos, pero siguen produciéndose. Sabíamos que esta temporada tendríamos más casos, pero lo que ha acontecido ha desbordado nuestras peores previsiones. No he visto nada igual en los ocho años que me dedico a esto».

La tragedia -según él-, no solo ha alcanzado a las abejas domésticas, sino también a las salvajes y, posiblemente, a multitud de insectos, «algunos de ellos en peligro de extinción, con lo que el daño ecológico es mucho mayor».

Ante estas mortandades, la asociación hace una «llamada de alerta» a las autoridades competentes y a la sociedad en general para que ponga fin a estas malas prácticas, solicitando la «adopción urgente de medidas para intensificar los controles sobre las fumigaciones».

Un daño colateral grave del genocidio apícola para la agricultura sería que esta situación pueda provocar la salida masiva de colmenas y el no asentamiento de las mismas en esas zonas, comprometiendo gravemente la polinización. La AARM ha anunciado que «recomendará no asentar colmenas en esos lugares mientras no haya respuesta al problema».

«No queremos conflictos con los agricultores -apunta Zafra-, es más, debemos ir de la mano porque esto es una simbiosis, nos beneficiamos mutuamente. Ellos firman contratos con nosotros para que asentemos nuestros colmenares en sus tierras. Si utilizan esas malas prácticas, los agricultores están echando piedras sobre su propio tejado. Si las dañamos, no solo estamos poniendo en peligro nuestra producción agraria sino también nuestro futuro ambiental», sentencia Zafra.

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