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MURCIA

La alegría de la fe

Quienes hemos tenido la suerte de recibir de Dios ese don no podemos ocultarlo

FRANCISCO RUBIO MIRALLES

Domingo, 21 de octubre 2012, 02:53

La felicidad que todos buscamos, y a la que tenemos derecho, con demasiada frecuencia se ve ensombrecida por mil circunstancias que se entrecruzan en nuestro camino diario. A esto hay que añadir las insatisfacciones, es decir, las sensaciones de «sabernos a poco» cuando, después de conseguir lo que, tal vez, con tanto afán hemos buscado, queda en nuestro interior lo que podríamos llamar zonas de vacío, que impiden alcanzar toda la felicidad que anhelábamos.

Esta situación anímica nos puede llevar a tres conclusiones: una sería conformarnos con lo conseguido, sin plantearnos metas más ambiciosas; pero esto equivaldría a un conformismo barato; otra, por el contrario, podría situarnos en una posición de inconformismo permanente, lo cual solo lograría hacer de nosotros unas personas descontentas, pesimistas y, a veces, incluso agresivas. Pero podemos llegar a una tercera conclusión, que consiste en ser conscientes y asumir la realidad: el ser humano es incapaz de darse la felicidad a sí mismo ni encontrarla solo en las cosas y personas que podamos tener en nuestro entorno. En el hipotético caso de que alguien consiguiera poseer y disfrutar de todas las cosas que existen, no alcanzaría, con todo ello, aquietar el ansia de felicidad de su corazón. La felicidad verdadera de cualquier ser humano necesita remontarse a una fuente más alta, que está fuera de él, pero no lejos de él. Si tenemos derecho a ser felices, tenemos la obligación de salir en búsqueda de esa fuente.

Esa fuente es Dios y el camino que nos conduce a ella es la fe. Es más, Dios no es solo la fuente de nuestra felicidad, sino su única garantía. Poniéndonos ya en casos extremos, conocemos personas que han dado incluso su vida por una causa, que consideraban noble. Pero defendían su causa atacando la contraria. Podrán ser considerados héroes por los suyos, pero traidores o enemigos por sus contrarios. Solo quienes han puesto en Dios la fuente de su felicidad y han anclado en el amor de Dios todos los anhelos de su corazón, ha sido capaces incluso de dar su vida por ese ideal, pero con una diferencia respecto a los anteriores: no sabían de enemigos e incluso morían amando a quienes les quitaban la vida.

Cuando la Iglesia nos recuerda que es necesario llevar la fe a todos los rincones de la tierra, lo que quiere es que nos impliquemos en la apasionante tarea de llevar a todos la verdadera felicidad. Una felicidad que solo se encuentra en Dios y que solo se alcanza mediante la fe, que se hace operativa en la práctica del amor.

Esto significa celebrar el día del DOMUND: el Domingo mundial de la propagación de la fe. Quienes hemos tenido la suerte de recibir de Dios ese don no podemos ocultarlo ni vivirlo en un estrecho individualismo. Por el contrario, hemos de colaborar para compartirlo con quienes no lo han recibido o lo han perdido. Una fe, que no se propaga, muere necesariamente.

Nunca me olvido de unas palabras que, en cierta ocasión, dijo Juan Pablo II a una persona: «¡Qué triste debe ser pasar por la vida sin fe!».

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