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Un momento de la representación, en el Teatro Circo de Murcia (TCM), de 'La casa de Bernarda Alba', un espectáculo de Alquibla Teatro. :: GUILLERMO CARRIÓN/AGM
Emocionante, espectacular
Cultura

Emocionante, espectacular

Antonio Saura dirige, en el Teatro Circo de Murcia (TCM), un montaje de 'La casa de Bernarda Alba' que cuenta con un trabajo interpretativo de gran impacto

CRÍTICA DE TEATRO

Domingo, 20 de noviembre 2011, 15:03

Gritan un poco más las condenadas -qué buen trabajo que hacen y qué emocionante, pueden sentirse muy orgullosas-, y se quedan afónicas perdidas las ocho actrices; se entregan un poco más al espectáculo dirigido por Antonio Saura -un gran espectáculo, en fondo y forma, ¡enhorabuena!- y se caen muertas de agotamiento en escena. Ocho muertas de puro gusto que les ha dado dar vida, a golpes de latidos y látigo, y cubrirlas de carne, de miedo, de rebeldía, de frustración, de llanto y de poesía, a las mujeres solas de 'La casa de Bernarda Alba' -este nombre no se te olvida jamás- de Federico García Lorca (tampoco lo olvidas). Se vacían las 'bestias' en el escenario, se emocionan de verdad, se asustan de verdad, se envidian de verdad, se admiran de verdad, se vigilan todo el tiempo. Sufren y se abrazan, sufren y se incordian, sufren la tortura áspera de la amarga y amargada madre, y provocan lástima y ternura; las sigues con la mirada, tú también las espías. Nadie está libre de caer en la misma trampa mortal que ellas: el miedo, la ausencia de libertad, la frustración, el rencor, la dominación. Una de ellas se rebela, se enfrenta al 'tirano', y muere.

Se entregan todas ellas al público -han reventado la taquilla del Teatro Circo de Murcia (TCM)- abiertas en canal, como lo harían, si pudieran, en los brazos ardiendo de Pepe el Romano, símbolo del deseo (in)satisfecho, la libertad anhelada, la huida, el futuro. Lo dice Bernarda Alba, maldita sea su estampa, a propósito del pueblo en el que viven encerradas ella, su madre loca y sus cinco hijas, de luto atroz, consumiéndose: «Maldito pueblo sin río, pueblo de pozos, donde siempre se bebe el agua con el miedo de que esté envenenada». Ella sí que es un veneno: lento pero seguro. También para sí misma: sin amor, es un muro de piedra sobre el que no cesa de llover y de hacer frío.

«¡Silencio!», exige Bernarda Alba, que ordena y manda, aniquila toda compasión y esperanza, y convierte su casa en un lugar casi tan inhabitable y espinoso como la habitación-infierno en la que Sartre sitúa, para que se devoren eternamente, a sus tres personajes de 'A puerta cerrada'. Los personajes de Sartre son asesinos, las hijas de Bernarda viven condenadas al absurdo por deseo de la madre, inflexible así arda Troya un millón de veces.

En este montaje -muy sobrio en la elegante producción, inquietante, poético, riguroso, y tendente a la ópera en algunas de sus espectaculares imágenes-, Bernarda pide '¡silencio!' pero sus hijas le hacen menos caso que nunca. Y gritan -aquello es a veces una jauría humana, una batalla campal contra la insatisfacción y la opresión, un alarido que parece surgir del fondo del Génesis-, porque Antonio Saura ha renunciado, a propósito, a todo susurro y recogimiento para luchar, con aire de Titán, contra la enrevesada acústica del hermosísimo Teatro Circo -el entregado equipo que dirige César Oliva estudia una solución-, cuyo inmenso escenario y alrededores utiliza con maestría como si se tratara de un siniestro campo de batalla, que se irá cubriendo de espanto al ritmo del tañido fúnebre de las campanas. Cuando las hijas de Bernarda salen corriendo hacia una libertad imposible, y suben por las escaleras que recorren las paredes de ladrillo del Teatro, el deseo de salir huyendo con ellas, de protegerlas y de plantar cara a la 'fiera', se dispara en el espectador, metido de raíz en el corazón del drama, que se comprende y se vive, te zarandea y te conquista. Y te nutre.

El resultado del trabajo de todos los que han hecho posible este montaje -¿qué hará Saura con él cuando lo representen fuera del TCM, en el que adquiere aires de gran acontecimiento y vuela muy alto?- es espléndido. Incluidos el eco que en la escena final parece llegar directamente de 'Los fusilamientos del 3 de Mayo' de Goya, un cierto riesgo de convertirse en algún momento en 'Gorilas en la niebla', y los grandes aciertos que arropan el quehacer de las intérpretes -todavía podría mejorarse en algún caso-, como la cuerda-serpiente que cruza amenazante todo el escenario, y que aporta un simbolismo a lo Rimas Tuminas muy potente. Ocho actrices, unas sillas rotas -en casa de Bernarda (Lola Escribano, de acero y carne) no hay forma humana de descansar en paz- y un suicidio brutal. Brutal: te desgarra la joven Allende García. La ovación, tremenda.

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