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Naturaleza quemada

La mitad de la superficie forestal afectada estaba aún recuperándose de otros incendios forestales recientes

MIGUEL ANGEL ESTEVE SELMA

Martes, 23 de agosto 2011, 02:34

Los pasados días hemos asistido a un nuevo incendio forestal en el Parque Regional de Calblanque, Cenizas y Peña del Aguila. Según nuestros registros es el décimo que se da en este parque y en su entorno protegido (incluyendo Gorguel y Cabezo de San Ginés) en los últimos veinticinco años. Esta es una tasa de incendios forestales muy elevada, demasiado elevada como para que no suscite una onda preocupación en relación con sus causas y efectos.

Este último incendio ha sido el más grave, unas 500 hectáreas afectadas de las que en torno a 400 están totalmente calcinadas. La mitad de esta superficie forestal estaba aún recuperándose de otros incendios recientes, por lo que su capacidad para una nueva respuesta postfuego podría verse comprometida.

Normalmente, la vegetación mediterránea tiene una relación de convivencia con los fuegos, siempre y cuando la tasa de los mismos no supere la de uno cada cien o ciento cincuenta años. Por el contrario, en Peña del Aguila, una misma comunidad vegetal se quema cada quince-veinte años, una tasa cinco a siete veces más elevada que la esperada de forma natural.

Hace unos años tuve la oportunidad de realizar, conjuntamente con el doctor en Biología J.J. López Hernández, el seguimiento de los incendios de 1992 y 1993 en Peña del Aguila. Estos incendios vinieron a coincidir con la protección por ley de esta zona ecológica tan singular en el contexto europeo, como es Calblanque, Cenizas y Peña del Aguila. En este caso, los motivos urbanísticos eran evidentes, pero la localización de los culpables no fue posible entonces. Esperemos que esta ocasión, con mayores medios técnicos, y si es posible mayor voluntad, podamos dar con los responsables materiales de este grave delito ecológico.

La vegetación de la zona respondió bastante bien, pues hacía muchas décadas del último incendio. Los pinares eran maduros, cercanos al centenar de años. Los pastizales de lastón y los espartales recuperaron el 75% de su cobertura original en dos años. Todos los arbustos iniciaron su rebrote de cepa los meses posteriores al incendio, a excepción del cornical de Periploca de respuesta más lenta, y en unos cinco-diez años recuperaron su aspecto original. Unicamente el palmito, que no rebrota, si no que protege su yema apical del fuego, sufrió unas pérdidas significativas, en torno al 30 % de media de sus módulos o troncos. Por ultimo señalar que los aulagares de Calicotome, una planta arbustiva invasora de zonas perturbadas, se beneficiaron como siempre, incrementando significativamente su cobertura en el terreno, hasta hacerlo inaccesible.

Las especies arbóreas de la zona tienen una respuesta muy diferente. El pinar afectado fue casi totalmente destruido, con más de 30.000 ejemplares muertos, pero tras su combustión sembraron con millones de semillas la superficie forestal incendiada. En la primavera siguiente el suelo estaba sembrado de pequeños plantones con densidades tales que invitaban a extraer ejemplares más que a realizar repoblaciones adicionales. Esa extracción no se hizo nunca, de tal manera que el pinar joven surgido del fuego era excesivamente denso, prácticamente impenetrable, entre tres o cuatro veces respecto a un bosque normal. La respuesta del pinar sin gestión activa de la administración se convirtió en otro problema ecológico, que podía facilitar, entre otras cosas, un nuevo incendio por exceso de combustible.

Por su parte, la sabina mora o de Cartagena (Tetraclinis articulata) apenas sufrió bajas directas, un 1% del total. No obstante, la mayoría de los ejemplares se vieron afectados con la pérdida de su biomasa aérea. Algunos, de grandes dimensiones y en zonas de baja intensidad de fuego, pudieron rebrotar desde las ramas. Todos rebrotaron de cepa. A los 15-20 años recuperaron su porte inicial. El efecto mas grave fue la paralización de su actividad demográfica. El crecimiento en número de ejemplares prácticamente se anuló durante casi 10 años. Hemos de recordar que las poblaciones de esta especie y su hábitat constituyen una de las singularidades más relevantes de la Región de Murcia en términos de biodiversidad en el contexto europeo.

El incendio de los pasados días quemó unas doscientas hectáreas ya quemadas recientemente. La recuperación natural podría verse afectada por esta circunstancia, con especies claves como el pino carrasco, en malas condiciones para forzar una nueva germinación masiva postincendio. Los aulagares de Calicotome se extenderán aun más complicando el acceso a la zona. Para el resto de especies habrá que realizar un seguimiento que permita determinar si su capacidad endógena de recuperación está totalmente disponible para restaurar de forma natural el tapiz vegetal de Peña del Aguila y estribaciones.

En cualquier caso, no podemos seguir permitiendo más incendios. Las causas de estos fuegos deben ser desactivadas, con una intervención decidida para la localización de los responsables materiales de este último, que deben terminar con sus huesos en la cárcel, si se confirma su intencionalidad, y arbitrando unas nuevas relaciones con la propiedad de los terrenos afectados, que permita la intervención de la administración en la recuperación ecológica de la zona. Una de estas posibles acciones es la adquisición pública de este espacio, para lo que hay distintas vías. Por último, conviene recordar que los terrenos forestales incendiados no pueden ser recalificados urbanísticamente durante 30 años y que los propietarios, conjuntamente con la administración, deben preparar un plan de restauración de la zona afectada. Así lo dice la vigente Ley de Montes.

Aprendamos de las desgracias, seamos inteligentes y convirtamos un grave problema en un reto positivo que nos permita garantizar la calidad ecológica de unos espacios naturales únicos en el marco de la Unión Europea. Este compromiso debe ser ineludible.

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