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EDUARDO RIBELLES
Domingo, 5 de junio 2011, 11:57
Medio centenar de 'indignados' es la cifra tope que alcanzaron, anteayer, los concentrados en el campamento 15-M de Cartagena, pegadito a la fachada principal del Palacio Consistorial, en lo que pretendían sus adalides que fuera el «renacer» de esta iniciativa. De cara a la tercera semana de reunión permanente, había que revitalizarse ante el malestar de comerciantes y hosteleros por la imagen que los tenderetes de protesta dan de la Plaza del Ayuntamiento.
La asamblea de las ocho de la tarde del viernes ratificó la intención de los concentrados de permanecer allí, con los relevos pertinentes. Esto hace que apenas una docena de ellos duerma en las tiendas de campaña instaladas en este campamento improvisado. Poco más se decidió en el encuentro al margen de seguir buscándose la vida para obtener la comida que necesitan y mantener «un respeto total por el entorno en el que estamos», según explicó Tete, uno de los miembros más activos.
Ese respeto no lo pone en duda nadie, en lo que se refiere a lo pacífico de la acampada, dado que se impone un 'toque de silencio' a partir de las once de la noche, para no molestar a los vecinos, y se mantiene un buen nivel de limpieza.
Sin embargo, desde el Ayuntamiento no se esconde la preocupación por la excepcionalidad en la que se mueve la concentración. «No dudamos de que los concentrados cuenten con el permiso, tácito o expreso, de la Delegación del Gobierno, pero desde luego no lo tienen para instalar en la vía pública mesas y sillas, ni para acotar con cuerdas una zona. Y no han solicitado autorización al Consistorio para hacerlo », indicaron fuentes de Alcaldía.
Y es que la ocupación permanente de un lugar público del casco urbano está regulada por la ordenanza municipal de vía pública. No se puede instalar una terraza o una caseta sin permiso.
Además, está la distorsión que la presencia del campamento puede suponer, en las próximas fechas, para determinados acontecimientos de índole municipal y cultural. El primero es el próximo sábado. En esa jornada se constituye la Corporación municipal en el salón de plenos del edificio consistorial, cuyas ventanas dan precisamente al lugar en el que se encuentran los 'indignados' del campamento. Así, de prolongarse la acampada, su presencia puede que interfiera en el acto y se haga notar en una ceremonia que , de otra manera, discurriría seguramente de la manera tranquila y tradicional de otras veces.
Para un mes después, el 11 de julio, la agenda cultural señala el primer concierto popular de La Mar de Músicas en la plaza del Ayuntamiento. Tanto el montaje del escenario, como la propia asistencia de los espectadores parecen bastante reñidos con la continuidad de esta acampada ciudadana.
Sin embargo, la cautela será la que guíe la actitud del Ayuntamiento, que no realizará ninguna actuación autónoma contra la acampada, ante la «permisividad» de la Delegación del Gobierno.
Divisiones internas
Con todo, Paolo, italiano que se ha unido a la convocatoria, concede que es dudoso que el movimiento llegue tan lejos en el tiempo. De hecho, pese a la independencia de que goza el campamento de Cartagena, se estará muy atento a las asambleas que tengan lugar en la Puerta del Sol de Madrid en los próximos días, para adherirse o no a las medidas que tomen e incluso a una eventual disolución.
La decisión que se tome dependerá también de la nueva adscripción que los concentrados de Cartagena se han asignado a sí mismos: «Nosotros ya no formamos parte de 'Democracia Real Ya'. Ha habido una separación por intereses distintos. Ellos defienden postulados políticos más definidos; nosotros, la necesidad de un proceso continuado de debate social, en pos de una verdadera democracia», indicó Tete.
Lo que molesta a los comerciantes no son los ideales que motivan la indignación de las personas concentradas, sino que les hayan llevado a mostrarla ante sus negocios. «No tengo nada contra sus ideas y si las autoridades les permiten manifestarlas, me parece bien, pero el campamento que han instalado ha convertido la plaza principal de la ciudad en tercermundista», opinó Ángel Barbera, de la cafetería del Teatro Romano.
Rocío García, de la tienda de Efectos Navales, se mostraba aún más terminante. «La imagen que proyectan es lo peor y los clientes la rechazan y ni siquiera entran en la tienda», apuntó . «Pero si a nosotros nos afecta, los que están más fastidiados son los de la Chocolatería Valor, que ven cómo sus clientes no se sientan en la terraza», añadió.
Precisamente un encargado del citado establecimiento relató a este diario cómo influía en el negocio ser el más cercano al campamento. «No solo nos espantan a la clientela, sino que nos piden cosas constantemente, sobre todo agua. Además, vienen al cuarto de baño sin consumir nada», afirmó Alberto López Valdés. Esto último es lo que le llevó a solicitar que «el Ayuntamiento instale algún tipo de aseo químico portátil para evitarlo».
Tanto en la Chocolatería Valor como en la Cafetería del Teatro Romano han pedido varias veces tomas de luz para enchufar diferentes aparatos, sin que se les negara. Sin embargo, en la tienda de efectos navales sí han recibido la negativa a cualquier petición. «¡Encima que nos perjudican no vamos a ayudarles!», exclamó Rocío González.
Con todo, los tres comerciantes encuestados reconocen que las muestras de 'indignación' del campamento se han moderado. «Antes hacían caceroladas todos los días a las ocho de la tarde, que ahora han cesado», indicaron, como muestra.
Así lo confirmaron los 'indignados'. «Somos conscientes de que estamos en un lugar muy visible, pero es que eso es lo que buscamos, tener la mayor visibilidad. Sin embargo, hacemos todo lo posible por no molestar», indicó Paolo.
A ojos de algunos empresarios, los concentrados se están convirtiendo en un elemento pintoresco más. «Todo el mundo comienza a acostumbrarse a su presencia», apuntó Rocío García, lo cual tal vez vaya en contra de la visibilidad por la que luchan el movimiento de protesta.
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