Secciones
Servicios
Destacamos
JUAN DE PABLOS PONS
Sábado, 5 de febrero 2011, 03:16
Una vez cada tres años se cumple el ciclo y se hace público el llamado informe PISA que evalúa el nivel de la enseñanza secundaria en 65 países. En cada ocasión los resultados trascienden a la opinión pública y generan cierto debate sobre el estado general de la educación, su gestión y su papel trascendente para la sociedad. España no suele salir bien parada en este estudio transnacional, y algunas de sus comunidades autónomas quedan llamativamente en evidencia. En los tres registros habitualmente analizados: comprensión lectora, competencia matemática y competencia científica, España ha quedado situada, en la evaluación publicada en diciembre de 2010, en una posición algo retrasada respecto del promedio de los países de la OCDE, en línea con los resultados obtenidos en años anteriores. Llamativamente los responsables políticos no suelen darse por aludidos ante estos resultados, o en todo caso no muestran interés en plantearse los motivos profundos de esta preocupante realidad.
Lo que genera o debería generar inquietud, más allá de los resultados en sí, es la falta de análisis y la toma de decisiones consecuentes que propicien la mejora de un componente fundamental para el presente y el futuro del país, como es disponer de una educación eficaz. Lo que en el fondo constituye una ausencia de ideas generadoras y facilitadoras del necesario cambio educativo, se constata al identificar algunas cuestiones fundamentales; una de ellas es el papel a jugar por la formación inicial del profesorado. ¿Existe una conexión eficaz entre la formación docente que imparten las universidades y el sistema educativo real? ¿Son las comunidades autónomas, con plenas competencias educativas, sensibles a esta conexión primordial? ¿Son las Facultades de Ciencias de la Educación consideradas como una prioridad, y por tanto, especialmente apoyadas?
Las autoridades educativas suelen priorizar en sus políticas aspectos como la financiación de recursos y la actualización del profesorado en plantilla, pero estas vertientes, sin duda necesarias, deben ser convergentes con una actuación que reconozca la formación básica de los docentes de todos los niveles educativos como la clave que debe permitir el cambio hacia un nuevo modelo formativo. El actual caracterizado por su rigidez y vinculado a una sociedad que ya no es la de hoy, no da respuesta a muchas demandas: la integración de los contenidos, la inteligencia emocional, la capacidad para resolver problemas, el dominio de idiomas, la capacidad para empatizar con los demás, la construcción de la autoestima, aprender a servirse de las tecnologías. Estas son, entre otras, las referencias que deben generalizarse en el sistema que forme a las generaciones actuales y futuras. Y para llevar a cabo estos cambios el papel de las nuevas promociones de docentes se antoja imprescindible. Su futuro es el nuestro.
Publicidad
Publicidad
Te puede interesar
Publicidad
Publicidad
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia
Comentar es una ventaja exclusiva para suscriptores
¿Ya eres suscriptor?
Inicia sesiónNecesitas ser suscriptor para poder votar.