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PEPA GARCÍA pegarcia@laverdad.es
Lunes, 25 de octubre 2010, 12:50
Juana Garre tiene 52 años y es la madre de Mercedes, una joven de 31 que está interna en el Centro Ocupacional Julio López Ambid, dependiente del Instituto Murciano de Acción Social (IMAS). Hace tres años que una enfermedad pulmonar obligó a Juana a ingresar a su hija, «viví muy mal momento pero no podía con ella», comenta esta enfermera acostumbrada a hacer titánicos esfuerzos a diario por los demás. «Iba a verla al centro y las paredes me parecían más altas y gruesas. Suerte que tiene unos monitores muy buenos», cuenta ahora con «una esperanza», la que le aporta la mejoría que vive desde que Mercedes comenzó con la equinoterapia del Proyecto Centauro-Quirón.
Mercedes era aparentemente una niña normal, con 6 años le detectaron un retraso mental de 2 años y la expulsaron del colegio Santa Joaquina de Vedruna. A los 10 años, cuenta su madre, Mercedes sabía leer y escribir, y continuaba cursando sus estudios con apoyo de personal especializado en el Colegio Herma del barrio del Carmen y con una profesora particular, hasta que entró en estado vegetativo.
«Estuvo un mes y medio y en La Arrixaca le dieron corrientes para intentar que reaccionara», relata Juana. «A la tercera sesión, la niña volvió en sí», recuerda. Desde entonces, Juana Garre no ha parado de ir de médico en médico y ninguno ha encontrado una explicación para lo que le sucedió. Además, las corrientes que la devolvieron a la vida le hicieron perder memoria, después la capacidad lectora y de escribir, «y no las recuperó». Cuenta Juana que la enfermedad de Mercedes fue empeorando y ahora también tiene diagnosticada una esquizofrenia.
Pero la vida le ha dado un vuelco desde que el psicólogo del IMAS, Andrés Campoy, le recomendó que la incluyera en las terapias con animales -en concreto, caballos- a las que acuden otros 7 residentes del López Ambid. «Sale del caballo muy relajada», cuenta Juana, que hoy ha llegado más tarde de lo habitual al Centro Ecuestre de El Valle y a su hija -«no te quiero, no te quiero, no te quiero», grita- no ha habido manera de subirla a 'Flecha', la yegua con la que trabaja. «El primer año hubo que luchar para que aceptara el caballo», recuerda Juana, pero ahora reconoce que ha ido mejorando. «Vino muy mal, muy metida en ella, y ahora responde a estímulos, va conociendo cosas, muestra conocimientos que antes no tenía, es más autónoma (aunque la mejoría es muy leve)», va enumerando Juana, que tiene la intención de que la equinoterapia haya entrado para quedarse en la vida de Mercedes, porque «no tiene otra opción y esto es calidad de vida», dice refiriéndose al grupo con el que asiste su hija.
De hecho, esta actividad se puso en marcha propuesta por Pedro Ferrer, monitor de terapias ecuestres y administrador del Proyecto Centauro-Quirón, y el apoyo de las familias fue fundamental, pues ellas se hacen cargo del coste económico de la terapia mediante un acuerdo con el IMAS. «La familia siempre apoya cualquier experiencia que se pueda aplicar», constata Campoy, para quien lo deseable es que «esta actividad siga creciendo y extendiéndose a más residentes del centro, con la ayuda de equipos entusiastas como el de Pedro Ferrer y el apoyo de las familias, el IMAS y el Centro Julio López Ambid».
Con una amplia experiencia en la atención a estas personas con graves discapacidades (parálisis cerebrales, retrasos mentales profundos, autismo...), el psicólogo advierte que «cada persona es muy diferente a la otra». «Son personas a las que es muy difícil ocupar en otra actividad, la mayoría sufren transtornos de conducta que les llevan a autolesionarse o lesionar a otros; o por el tipo de patología no tienen interés por otros talleres más manuales», resume. Sus graves discapacidades impiden a un gran número de los 84 internos del López Ambid cualquier cosa que no sea recibir el aseo diario, la alimetación necesaria y la medicación precisa. «En muchos casos es lo único que podemos hacer con ellos y se convierte en una actividad prioritaria», afirma Andrés Campoy.
Una ventana a la vida
Muchos de estos internos llevan varias décadas ingresados -«algunos entraron con 13 ó 14 años y ya tienen 50», detalla Campoy- y que acumulan mucha frustración, una emoción que se traduce, en la mayoría de los casos, en crisis de agresividad que obliga a sus terapeutas a utilizar métodos de contención y a administrarles medicamentos para paliar esas crisis. Lo va explicando Campoy, que tiene claro cómo se está traduciendo la equinoterapia en los residentes del centro: están disminuyendo los trastornos de conducta, lo que implica la disminución de la medicación -con el consiguiente descenso de costes- y las agresiones al personal del centro -lo que reduce las bajas laborales- y, en otros casos, la desaparición total de las medidas de restricción.
«En algunos casos, el efecto es menos notable, pero la actividad en sí misma es positiva, porque supone una actividad distinta (en muchos casos la única) a permanecer en el centro, y entrar en contacto con el medio natural con una intensidad de atención muy grande por parte de personas que conocen muy bien el medio y a ellos». Algo que contribuye a una mejora en la calidad de vida de estas personas dependientes.
La fisioterapeuta de Centauro-Quirón Sara Mira lo tiene claro. Diferencia entre los beneficios físicos y los psíquicos. «Trabajar con un caballo da autonomía a los chavales que no pueden andar o tienen muchas dificultades. La marcha del caballo hace que la pelvis se mueva como cuando andas y también manda impulsos sobre la musculatura, activándola y tonificándola pasivamente», cuenta y añade que es un método muy efectivo para luchar contra la espasticida -la tendencia a acortarse de los músculos en personas con parálisis cerebral-. «La temperatura corporal (el caballo tiene dos grados más que las personas) y la posición hace que la musculatura se estire y se mueva, con lo que se incrementa la movilidad. También se tonofica la musculatura abdominal y erectora de la espalda, y ganan mucho en equilibrio». Hay personas que han pasado de tener una marcha alterada a una más estable, con más equilibrio, cuenta Sara, que advierte de que «cuanto menos edad tiene el paciente, la plasticidad del cerebro favorece una respuesta más rápida al tratamiento».
Daniel Amorós es autista y uno de los 100 pacientes que ahora mismo reciben terapias ecuestres dentro del Proyecto Centauro-Quirón. Ahora cada semana espera el momento en que se encontrará con 'Flecha', una yegua tranquila que se ha ganado su confianza y atención, después de superar sus miedos (lo que ha reforzado su autoestima). Tanta vida le ha devuelto 'Flecha' a Daniel, que no hay día, salvo que no siga las normas que marcan los terapeutas, que no acabe montando de pie a la yegua como si fuera un gran acróbata. Ana Gallego, la psicóloga de Centauro-Quirón, cuenta que la frustración le llevaba a golpear todo. «Ahora está muy calmado y es capaz de interaccionar, dar un abrazo. Aquí conseguimos conectarle a la realidad».
Pero para Pedro Ferrer la ventana a la esperanza que abren los caballos son ilimitadas. «Este es un trabajo muy dinámico, en el que los resultados no dejan de sorprenderte y es imposible acomodarte», comenta (organizan cursos de formación todos los años y asisten como ponentes a congresos nacionales). De hecho no sólo trabajan con pacientes incurables, también tienen una terapia de integración social, que desarrollan altruistamente, y este año pondrán en marcha el programa 'Coge las riendas de tu vida', destinado a mujeres maltratadas y a chavales con problemas con las drogas.
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