Borrar
En la cancha. El cubano Waltari pelotea en un frontón de Urrugne. Debajo, con su esposa Joana y su hijita Yanae Inés. :: IGNACIO PÉREZ
Waltari el cubano, rey del frontón
Sociedad

Waltari el cubano, rey del frontón

JULIÁN MÉNDEZ

Domingo, 24 de octubre 2010, 03:01

Es como una pantera negra en mitad de un rebaño. Waltari Agusti Alonso, 30 años, habanero del barrio del Cerro, superviviente, desertor y pelotari, camina por San Juan de Luz con la suficiencia de los escogidos, entre miradas de admiración y destellos de los diamantes que adornan sus orejas.

Waltari es un ídolo en el País Vasco francés, el rey del trinquete, una aristocrática modalidad de pelota a mano que se juega en un recinto cerrado. Como una jaula. Allí dentro Waltari es el rey. Este muchacho que creció con Dinio, que afanaba gorras y bicicletas para engañar a la hambruna y que ahora pasa las horas muertas enganchado a los canales del cotilleo español, se saca hasta 6.000 euros por partido con su cuerpo felino y sus manos de mármol. «Hay que hacer caja», sonríe.

Asoma Waltari, inconfundible, por la Rue Gambetta. Viste cazadora italiana entallada GX3 Denim, vaqueros con una chapa metálica de la marca De Puta Madre y unas deportivas a juego. «Dolce&Gabbana, mi marca favorita», suspira mientras resbala su mirada por las brillantes zapatillas azules. Está casado con una rubia azafata de Air France y conduce un potente cochazo negro. Es la imagen del triunfo. Pero en el desván guarda Waltari algunas tribulaciones.

Nos sentamos en una terraza de la Marina y, poco a poco, Waltari descubre su vida. Este hombre tenía todos los boletos para acabar en el arroyo o en uno de los presidios donde los reclusos de Fidel cumplen 15 años a pulso por un simple hurto. Vean. «Nací en el 20 de Mayo, en el Cerro, un barrio conocido por su delincuencia», explica de entrada. «Mi mamá, Alicia, se divorció cuando yo tenía cuatro meses. Me criaron mi abuela Inés y mi abuelo Gerardo. Hicieron lo que pudieron, que en Cuba no es mucho. A los 12 años ya no me interesaban las aulas y me fui a la calle... Conocí bandas y gangas... y la madre del tomate».

De aquellos turbios días nace su relación con Dinio, el cubano liado con Marujita Díaz «y que ha acabado 'hasiendo polno'», dice Waltari con su acento habanero intacto. «Dinio es un descarado. Era mi amigo, pero ha tirado a los cubanos por el suelo. Ya ni lo llamo», aclara.

En el Palacio de los Gritos

Si Dinio halló su pasaporte para la fama en la entrepierna, nuestro hombre encontró la salvación en la pelota. Tremendo pelotero Waltari. Pero no en el béisbol, la única pelota cubana en Cuba, sino entre los recios muros del frontón Jai-Alai, más conocido como Palacio de los Gritos, en Centro Habana. Un nombre premonitorio, como verán. «En 1986 vino un señor vasco a enseñarnos a jugar. A mí se me dio bien porque, por el carácter cubano, desde pequeños sufrimos mucho. No hay para comer y hay que buscarse la vida. Yo he tenido que cenar agua con azúcar. No teníamos más nada. Por eso yo no sentía el dolor de las manos... », explica.

Pasa el alcalde de la villa en su Mercedes y se para a saludar a este cubano con pasaporte francés y residencia estadounidense. Waltari -«mi mamá me puso el nombre por un médico indio que andaba por Cuba haciendo prácticas y la atendió en el parto»-, insiste en remachar su ascenso. «No hay hijos de millonarios que lleguen arriba por el camino del dolor. Mi casa en Cuba era la peor, la peor, y por algún sitio tenía que salir... ¿Han visto la casa de Cristiano Ronaldo en Madeira? ¿Eh? Yo, para comprarme un Ferrari tengo que dar un millón de piñazos a la hora y partirme el alma. Nadie me regala nada. Juego 70 partidos al año», insiste.

Caminamos junto al puerto. Las chicas que trabajan en el ayuntamiento giran la cabeza y cuchichean al paso del pelotari, una celebridad a este lado de la frontera, una especie de exótica joya de azabache en mitad de este tedio europeo donde toman el aperitivo y pastan al sol turistas ingleses. La dama paraguaya que regenta el restaurante La Casa Amaia le sonríe bajo su melena platino y le tiende una tarjeta del local. «Es algo normal aquí».

-Hábleme de su deserción...

-Fue en 2004. En Bayona. Me acababa de proclamar campeón del mundo amateur por segunda vez. Había estado celebrando la medalla de oro en el hotel esa noche con el equipo. Desayunaba y pensaba. 'Este oro no se come. Con esto no hago nada'. Allí, en La Habana, no sirve. Ves un campeón olímpico en la esquina y tiene un coche que se cae a trozos. Y había otras cosas...».

-Cuente...

-Nada más salir de Cuba nos quitaban el pasaporte. Había que pedir permiso hasta para salir a comprarse unas zapatillas. Todos en el equipo ejercen de policías. Y yo no soy esclavo. ¿Quién puede mandar sobre mi vida? Comí otro croissant, me levanté, subí a mi habitación, cogí la ropa... Le dije a mi entrenador 'más nunca me vas a ver, sólo por satélite'. Y hasta hoy...

De Bayona a Pamplona. Una llamada a un amigo del otro lado. De allí a Madrid. Luego, México. Y en 24 horas, Waltari estaba en Miami. Convertido en un «gusano», un «traidor» al Partido. Todas las menciones a sus triunfos y victorias desaparecieron. Su nombre fue borrado para siempre y sus fotos con las medallas, retiradas del Palacio de los Gritos. Waltari era otro cubano más muerto en vida para sus paisanos.

Casa clandestina en Miami

En Miami vivió durante un año como pupilo de «la Residencia». La residencia es una casa clandestina en las afueras de la ciudad donde recalan los deportistas cubanos que, escapados en lanchas o fugados, buscan una oportunidad en el mundo, una especie de quinta para gladiadores modernos. La mayoría son jugadores de béisbol.

Allí comen, duermen y entrenan mientras esperan... Cada poco, ojeadores y representantes de las Grandes Ligas se asoman por la casa para echar un vistazo al percal. «Te eligen y ellos se llevan un 20% de tu contrato. Estuve a punto de triunfar. Tuve una oferta de los Piratas de Pittsburg. Pero me daban muy poquitico dinero». Como al poco recibió una oferta para jugar en los trinquetes vascofranceses, se volvió a Europa. Consiguió el estatus de refugiado político y empezó a jugar a destajo. Casi imbatible («sólo pierdo dos de cada diez partidos en parejas y muy pocos en individuales»), Waltari se ha hecho un nombre. Y una pequeña fortuna.

Hace unos días, durante la disputa en Pau de los campeonatos del mundo de pelota amateur, dos pelotaris cubanos desertaron. Juan Romero, un palista, y Alejandro Quesada, antiguo compañero de concentraciones de nuestro Waltari. Una pregunta sobre su paradero obtiene esta respuesta: «No es mi amigo. Cuando estaba en la 'mielda' nadie me ayudó. ¿Por qué tengo que hacerlo yo ahora? Los palos te enseñan en la vida». Asunto zanjado.

Pasa la mañana y Waltari propone ir a almorzar al restaurante de la paraguaya. Ordena un gran plato de jamón serrano y una parrillada de pescado. Unta pan con mantequilla, sala el pescado, come y ríe a mandíbula batiente. «Puedo meterme todo lo que quiera. Lo quemo en horas», presume. Al final, los clientes y la dueña se hacen fotos con el pelotari. «¿De dónde soy? La nacionalidad cubana no se pierde... pero para lo que sirve en el mundo...».

En la sobremesa hablamos de Fidel, del chándal Adidas «que le convierte en Spiderman», de las remesas que envía cada mes a su familia y gracias a las que sobrevive Cuba, de su hija, la pequeña Yanae Inés, y de su incapacidad congénita para adaptarse a convenciones y horarios. «Yo salí de Cuba para no tener que pedir nada a nadie. No creo que pueda adaptarme nunca a esta locura de horarios. Siempre llego tarde».

-Sólo hay un precedente de pelotari cubano en estas tierras, Vladimir Luján, un palista blanco. ¿No se siente usted un poco fuera de sitio?

-Sí. Me llaman intruso. '¿Qué hace el negro aquí? ¿pá qué viene?'. Esos me tocan los 'güevitos'. Yo sigo entrenando para machacarles; cuanto más hablan, mejor. Me motivan. Soy así. Hay que picar al otro para que la gente venga a los frontones. Sé que hay mucho público que viene a verme perder».

Luego vamos a Urrugne, a su casa, donde se viste de 'colorao', el color que distingue a los campeones. Tarda un buen rato. Aparece con Joana, su esposa. Kiki, otro cubano, se la presentó tras un partido. Joana quería un autógrafo. Caminamos hacia un pequeño frontón donde Waltari practica la ceremonia de prepararse las manos. Pica la pelota, ligera y viva, ideal para su picardía. «Que me llamen para 'Supervivientes', -dice- que llamen, que voy. Yo me como hasta los caracoles crudos».

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.

Reporta un error en esta noticia

* Campos obligatorios

laverdad Waltari el cubano, rey del frontón