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ALEXIA SALAS
Domingo, 1 de agosto 2010, 11:50
Si no fuera por el jazz, nadie hubiera creído que el espíritu de Alberto Nieto volaba por encima de los tomos de la Ley de Haciendas Locales o la Ley Reguladora de las Bases de Régimen Local o, peor aún, los textos refundidos que, combinados con las actas y ordenanzas de limpieza urbana y demás temario consistorial, son por sí solos capaces de cortar las alas al alma más soñadora. Si no fuera por la dimensión pública que impone el Festival de Jazz de San Javier, Alberto Nieto seguiría siendo el discreto funcionario municipal que entra y sale de un despacho lleno de expedientes en blanco y negro, lector asiduo de narrativa legal anodina y desapasionada, agobiado secretario municipal en un ayuntamiento de tradición hiperactiva y glotona, más sofocado aún por los devaneos judiciales de sus ex munícipes. Si no fuera por el jazz, San Javier no le tendría que agradecer que haya convertido su Festival en uno de los más importantes de Europa y, más difícil todavía, en territorio hostil, con el ceño fruncido de la oposición política y del sector más rancio de la población.
Esa dualidad describe al funcionario público que, mano de hierro, ha mantenido el más alto nivel del Festival en uno de los años más duros, casando la calidad musical con la recaudación de taquilla. Lo que otros vieron como una estrategia turística, este melómano obsesivo lo emprendió como una ilusión vital, traerse a los grandes que habían girado en su tocadiscos desde la juventud, convertir San Javier en la meca del jazz. De hecho, en su vocabulario no se incluye nada referente al Festival por debajo de lo superlativo. Sus colaboradores ya tienen aprendido que los músicos contratados por Jazz San Javier son los mejores del mundo, mientras que los del resto de festivales son unos mindundis. Ese férreo entusiasmo ha convertido una cita musical sin raíces en uno de los puertos de montaña del jazz europeo, parada y fonda de aficionados de todo el mundo.
Estrenos y uniones inéditas
De esa firmeza procede también su capacidad de durísimo negociador. Machacón y constante en sus objetivos, consigue estrenos nacionales y uniones inéditas de artistas a base de tenacidad y dotes de convicción, pero es sobre todo en el regate económico con el caché de los artistas donde tumba al contrincante. Por algo artistas de primera han cobrado hasta la mitad por dar un concierto, no en Montreaux o Getxo, sino en San Javier. Dicen que, en plena efervescencia negociadora, desde su despacho municipal en hilo con cualquier manager resabiado del mundo, el verdadero espectáculo está en el desdoblamiento del negociador Nieto, la luz de entusiasmo que emiten sus ojos frente a la dureza de sus palabras. Todo por el jazz, posiblemente llevado hasta el colmo de la congruencia, pues con Alberto Nieto todo es 'supuesto' debido a su discreción extrema. Nadie diría que bajo su apariencia de funcionario hiper clásico -la máxima innovación de su imagen en los últimos años ha sido la perilla- se esconde un esteta, un gusto cultivado por cualquiera de las artes, exquisito en lo musical.
Sobrio y austero
Lo que Nieto deja filtrar de su sobria presencia habla de un hombre ampliamente austero. Come frugalmente, no bebe alcohol ni ve la tele. Casero y familiar, no resulta difícil imaginarlo en zapatillas, basculando las cervicales al son de un buen combo -es la señal para saber si un músico le gusta- y, ocasionalmente, frente a una buena película. Se le sospecha afición secreta por los libros de frases célebres, debido a sus frecuentes citas de Churchill, Chesterton y Ortega, tal vez por la simple razón de que en la era de la Wikipedia pocos se creen que alguien malgaste su vida con semejantes volúmenes. Nadie diría que en su juventud empuñaba las baquetas para aporrear una batería, pero así fue.
Encaja más en su imagen metódica y legalista el hecho de que abandonara a su banda juvenil por la falta de formalidad de sus compañeros, por lo que el joven Nieto se debió volcar en las leyes y en la ardua vida de opositor a secretario, visión que le ha dado una superioridad evidente para tratar con el mundillo del espectáculo, donde no es oro todo lo que reluce.
Del swing al rock
En alguna de esas pocas capas de cebolla que Alberto Nieto se quita ocasionalmente, ha confesado que no hay nada que le hable más directamente al alma como una trompeta bien tocada. Por eso el swing y el jazz armónico están en su podium musical, junto al innovador europeo y, sí, también el rock y el buen blues.
Pero no le duelen prendas en castigar duramente al más alto mito si se marcha de San Javier sin hacer un bis como está mandado. Así le pasó a algunos grandes, como Van Morrison que, aunque era famosa la antipatía del león de Belfast, tendría que pasar por el mismísimo purgatorio antes de lograr un nuevo contrato con Nieto por marcharse sin decir adiós. Este león del jazz se vuelve generoso sin embargo con los nuevos músicos. No hay edición sin algún músico sin fama de los cientos que envían sus cedés al Festival con el ánimo de compartir cartel con los gigantes. Seguro que no lo dijo Chuchill, pero «todo por el jazz».
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