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ANTONIO DÍAZ BAUTISTA
Jueves, 15 de julio 2010, 02:31
Hace mucho tiempo que no cato las peretas, aquellas mínimas peras liliputienses que, con su fresca dulzura, nos consolaban, cuando las calorinas del verano primerizo empezaban a abrasar. Suelen verse en estos tiempos unas peras pequeñas, regordetas y fondonas, que en algo recuerdan a las olvidadas peretas, aunque no son lo mismo. Llegué a pensar que eran las causahabientes de aquellas, y que, a través de algún sofisticado tratamiento, o ingeniería genética, las habían hecho engordar y agrandarse, quizás cuando los Planes de Desarrollo de López Rodó, o, seguramente, después, en los años opulentos de la 'burbuja inmobiliaria'. He preguntado en la frutería por las peretas tradicionales y me informan de que aún existen, pero no se venden, pues la clientela las desprecia por canijas y menguadas; de donde deduzco que pronto se extinguirá la especie, como sucedió con algunas variedades de frutas y hortalizas que vemos, minuciosamente retratadas, en los bodegones barrocos, pero que ya no se encuentran.
Tanto el Diccionario de la R. A. E, como el de doña María Moliner, que, por cierto, vivió en Murcia algún tiempo y, sin duda probó aquellas miniaturas frutícolas, recogen la palabra «pereta» como murcianismo y la definen como una «variedad de pera pequeña y temprana». El diminutivo suena a catalán y me imagino que procederá de aquellos campesinos que vinieron de Cataluña con el rey Jaime I a poblar nuestras tierras, recién reconquistadas. Muchos de sus descendientes emigraron, siglos más, tarde al Principado y fueron despreciados como 'charnegos'. Pero quizás no convenga airear mucho estas raíces catalanas de nuestra tierra, no vaya a ser que los nacionalistas nos pretendan anexionar.
Mucho me temo que algunos lectores, los más jóvenes, ni siquiera sepan cómo eran las peretas, aquellas frutillas esféricas y rabilargas, cuyo tamaño era, más o menos, como el de una guinda. Una de sus mitades lucía un verde juvenil muy claro y la otra estaba ruborizada por un leve sonrojo. No eran, ciertamente, cómodas de comer pues había que roerlas lateralmente hasta dejar mondo el centro fibroso que encerraba las semillas. Pero, aunque dificultosas de conquistar, como mocitas esquivas que eran, acababan entregando el gozoso regalo de su carne escasa, prieta, jugosa y dulce. Pienso que las exiguas peretas debían ser como las mujeres pequeñas, «las dueñas chicas», que tanto le gustaban a mi director espiritual, el Arcipreste de Hita, aunque, en este punto, siempre me aparté de las enseñanzas de mi admirado mentor y he sido proclive a las féminas de gran formato. Sin embargo, en estas tardes bochornosas, en que vienen a la mente tantas cosas que ya pasaron, tal vez para siempre, quiero tener un recuerdo para aquellas peretas de mi infancia, humildes y pizpiretas, que me regalaban para merendar en las casas huertanas, cuando todavía se apreciaban los pequeños placeres de la naturaleza, los azorinianos «primores de lo vulgar».
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