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Cavendish, apoyado en las vallas, se duele de su caída. :: efe
Cavendish pierde la cabeza en su fiesta

Cavendish pierde la cabeza en su fiesta

Ante una multitud inglesa que esperaba su victoria, provoca una caída en el primer sprint, ganado por el alemán Kittel

J. GÓMEZ PEÑA

Domingo, 6 de julio 2014, 00:28

Cavendish, que ayer era el novio de Inglaterra, estropeó la boda, el matrimonio entre las islas y el Tour. Su esposa, la contundente modelo Peta Todd, corrió al escuchar el alarido del público. Con la niña en brazos y escondiendo las lágrimas bajo una inmensas gafas. Cavendish estaba allí delante, a 300 metros de la meta, tirado, crucificado sobre el asfalto, doliéndose de la clavícula derecha, con los ojos blandos, llorosos. Solo decía: «'Fuck, fuck'». Se notaba roto en esa calle de Harrogate que tan bien conoce, a dos pasos de donde nació su madre, a un sprint de donde le esperaban los nietos de la reina de Inglaterra y la sonrisa dentífrica de Kate Middleton, reluciente con un vestido verde.

Todo estaba listo para su victoria, para la gran fiesta británica del ciclismo a la que había asistido desde el primer kilómetro una multitud de público. Como si todo el condado de Yorkshire fuera el Alpe d'Huez. Pero no, no hubo enlace. El novio lo jorobó. Llegó a cabezazos. Borracho de ansiedad. Otra vez la cabeza loca de Cavendish, demasiado excitado y no tan fuerte como Kittel, el que ganó, ni como Gerrans, al que tiró de una cornada. Cavendish también se incrustó contra la calle donde todo el país esperaba verle con el traje amarillo. Lo aguó todo. Su cortocircuito mental apagó la luz de la fiesta. Al parecer, hoy amenaza con salir, pese a tener afectados unos ligamentos en el hombro. La prueba que haga por la mañana servirá para ver si puede seguir en el Tour.

Sin que sirva de precedente, hasta lució el sol. Leeds, la rica ciudad de ladrillos rojos, atronó al ver a Cavendish en el desfile de la salida. Mucho más aplaudido que Froome. Más que nadie. Yorkshire es un condado verde y oscuro, de lluvia y viento, el escenario de 'Cumbres Borrascosas', la historia brutal, pasional, escrita por Emily Bronte. Cavendish, con su rostro infantil, pillo, es así: bruto, vehemente, excesivo. Y nervioso. No se contiene. Al construirle le dejaron un par de cables sueltos. Se le cruzan a menudo, sueltan un chispazo y lo incendian todo. Como ayer en el mejor sitio para una celebración y el peor para una bronca. En plena boda. Otro cabezazo de Cavendish.

El verano en Yorkshire se mide por chaparrones. Ayer fue espléndido. Ni uno. No llovió por primera vez en tres días. Los ingleses se sentían en Ibiza. Pieles rojas. El Tour abarrotó los 190 kilómetros de la primera etapa. Griterío, entusiamo ciclista. ¿Quién dice que este deporte está en crisis? El público, eso sí, estrechaba aún más las ya angostas carreteras rurales. Peligro. A 80 kilómetros de la meta, en la colina de Buttertubs, la gente ni cabía. Aquí no hay cuestas y parecían los Alpes. Bien los conoce el alemán Jens Voigt, récord de participaciones en el Tour (17, empatado con Hincapie y O'Grady). El viernes, mientras sus compañeros descansaban, él hacía series de intensidad bajo la lluvia. Voigt es otra cosa, distinto. Tiene seis hijos y 42 años: nadie ha corrido el Tour a esa edad desde hace ochenta años. Y aun así conserva las ganas: se fugó para vestirse con el maillot de la montaña y por eso estaba ahí, en la cota de Buttertubs, en fuga. Misión cumplida viejo. Ya luce el maillot de lunares.

Valverde, delante

Detrás solo había velocidad y miedo. «Mucha tensión y mucho viento», resumió Contador. «Había que ir delante para evitar sustos», dijo el murciano Alejandro Valverde. A medida que se acercaba Harrogate aumentaba el temor a un tropiezo. Es una ciudad balneario, de aguas sulfurosas, de gente bien que paga por estos grifos con sabor a mil demonios. En Harrogate se refugió Agatha Christie cuando descubrió el adulterio de su primer marido. Enloqueció de desamor. Perdió la cabeza. Algo así le pasó a Cavendish ayer en Harrogate, el pueblo de sus veranos. Cancellara, coloso suizo, le echó azufre al inicio del último kilómetro, que colgaba de un repecho. Su ataque sonó como un golpe en la mesa. El equipo de Cavendish, el Omega, recibió la sacudida. Cancellara los consumió, se fumó las piernas de los lanzadores del ciclista más esperado, del novio de Harrogate. Con el equipo agujerado, Cavendish enloqueció. Tiene tendencia. Muerde al verse acorralado. Padece la determinación del fanático.

Sentía el peso de la ceremonia: allí estaban el príncipe William, el primer ministro, David Cameron... Allí le esperaban los veranos de su infancia. Inglaterra entera. Ya había estropeado en 2012 la fiesta de los Juegos Olímpicos de Londres, cuando Vinokourov le rompió el sprint y le quitó el oro. No podía llegar tarde a esta segunda boda inglesa. Tenía, además, que vestirse de amarillo por primera vez en el Tour. Demasiadas cosas en la cabeza. Y se le fue. Vio que Sagan saltaba como una cobra. Vio también que Kittel, el alemán que más le amenaza, se iba tras el eslovaco. Maldito repecho. Todo se inclinaba en su contra. Sintió a su lado que Gerrans, más fuerte, le comía el terreno y arremetió con su poca cabeza contra él. Instinto de azufre. Carácter del demonio. Cayeron los dos. Y el Tour 2014 comenzó como había acabado el de 2013, con triunfo de Marcel Kittel, velocista creciente. En el suelo, hecho pedazos, recibiendo muchos aplausos y algún insulto merecido, lloraba el velocista menguante, el novio de Inglaterra, un país sin boda.

Al fondo, cuando ya se había chafado la fiesta, apareció Purito Rodríguez, silbando. Llevaba todo el día a cola, desentendido. Había cumplido lo que prometió: no ha venido a disputar este Tour inglés.

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