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FRANCISCO RUBIO MIRALLES PÁRROCO DE ZARANDONA
Domingo, 25 de enero 2015, 00:19
Puede parecer una simpleza, pero está muy lejos de serlo, afirmar que sólo el hombre sabio es feliz. El secreto de la felicidad, que todos buscamos por mil caminos, sólo se descubre cuando nos decidimos a caminar por la senda de la sabiduría. Se trata de un camino, con frecuencia, tortuoso y difícil, pero necesario si deseamos alcanzar la verdadera felicidad.
Con frecuencia nos conformamos con sucedáneos: pasarlo bien, gozar de comodidades, tener una situación económica desahogada, gozar de buena salud, disfrutar de buenas y divertidas amistades. Todo esto es bueno e, incluso, deseable. Pero no es la felicidad. ¿Quién no conoce a personas que, a pesar de disfrutar de esos ingredientes, no acaban de ser felices? Porque a la felicidad se llega por otros caminos que muchos o no los conocen o les parecen absurdos.
Lo primero que debe descubrir quien busque sinceramente la felicidad es que la 'tierra' donde germina y crece es en el interior del hombre. Esperar que la felicidad nos venga desde fuera es renunciar a ella. Nos pueden proporcionar 'momentos' de algún tipo de felicidad, pero no de la que llena plenamente el corazón del hombre. Y esto por una razón muy sencilla: se trata de cosas que, aun siendo buenas, llevan el sello de la caducidad, son inconsistentes y pasajeras. Quien las tiene, sufre porque puede perderlas; quien no las tiene, sufre porque no consigue alcanzarlas.
Además, la felicidad no es una cualidad de las cosas, sino un estado interior del ser humano. Cuando vivimos mendigando fuera de nosotros la limosna de un poco de felicidad, lo que recogemos es, cuando menos, insatisfacción y, no pocas veces, fracaso. En tal caso vivimos con un déficit severo de sabiduría verdadera, aunque hayamos pasado por cincuenta Universidades y leído mil Bibliotecas.
Por el contrario, cuando elegimos el camino que nos lleva al corazón y entramos en lo más íntimo de nosotros, la sabiduría nos dice que no hemos alcanzado la felicidad, pero que es allí donde debemos encontrarla. El trabajo que nos espera es duro y, a la vez, ilusionante: junto al deseo insaciable de felicidad, encontramos los verdaderos obstáculos que nos impiden ser felices: egoísmo, orgullo, ambición, vanidad, envidia. ¡Menuda tarea nos espera! Pero, con la luz clara de la auténtica sabiduría, comprendemos que es ahí donde tenemos que trabajar. Ese trabajo se llama conversión.
Conversión es la primera palabra que Jesús pronuncia al comienzo de su predicación. Conversión es la condición que Jesús pone para creer en su Evangelio y para que el Reino de Dios se haga realidad en nuestra vida.
Tal vez alguno piense que no la necesita. Es posible que piense que son los demás los que tienen necesidad de ella Si así piensas, no dudo en decirte: ¡tú eres el que más la necesita! Y, a la vez, te puedo asegurar que, si empiezas a trabajar en tu conversión personal, no tardarás en probar las primeras mieles de la verdadera felicidad.
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