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R. F.
Martes, 25 de noviembre 2014, 02:13
Manuel Campos Sánchez (Lorca, 1958) es un hombre deportista en el más amplio y noble sentido de la acepción. No solo le pega bien a la raqueta y le da duro a los pedales, dos de sus grandes aficiones junto a la moto, con la que se mueve a menudo, sino que además parece que sabe ganar y encima sabe perder, lo cual constituye una auténtica rareza.
Como buen lorquino, este hijo de un subcomisario de Policía veranea en una playa de Águilas -La Colonia-, y consume su tiempo libre entre el ordenador portátil, del que es incapaz de desconectarse; las lecturas de novela histórica y las aventuras del cartagenero Pérez-Reverte y algunos ratos de pesca con caña, que más le dan de relajo que para llenar el plato. Entre sus muchos dones no figura, sin embargo, el de la modestia. Se vende bien, tanto en lo personal como en lo profesional, y es poco dado a la autocrítica. De tal modo que si se le pregunta por su principal defecto, no se le ocurre otro que el de ser «excesivamente trabajador». ¡Virgen santa, pues entonces cuáles serán sus virtudes! También las enumera: «Trabajador infatigable, dialogante y partidario del consenso, aunque firme y enérgico si me veo obligado a serlo; gran fuerza de voluntad; buen encajador de los reveses y contratiempos...». Quienes lo han visto actuar como fiscal sabe que algunas de esas virtudes sí le adornaban, sobre todo la que se refiere a su voluntad de acuerdo y consenso. Nueve de cada diez asuntos en los que intervenía se cerraban sin juicio, al alcanzar un acuerdo previo con la defensa del acusado. Hace más de 30 años que se sacó la oposición de fiscal y, como además es preparador de opositores, ex profesor de Derecho Penal y Procesal, fue diputado de la Asamblea Regional y ha estado al frente de Presidencia y Fomento, Manuel Campos era, sin duda, uno de los rostros más conocidos de la Administración regional. Con lo cual se entiende poco que apenas se le conozcan enemigos, aunque tiene, eso sí, fama de ser hablador de más. Su única pasión confesable -de las inconfesables nada cuenta- es la paella del restaurante Las Brisas. Su madre, que por eso solo hay una, sin duda le perdonará.
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