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I. ÁLVAREZ
Domingo, 8 de noviembre 2009, 01:39
Ser ratón es un chollo. Los hay que nadan y corren hasta la extenuación sin asomo de fatiga y los que tienen una memoria de elefante. Los que consumen una dieta alta en calorías, pero ¡no engordan aunque quieran! Aquellos que de la promiscuidad pasan sin contemplaciones a la monogamia y los que tienen pelo por demás, porque les han sometido a un tratamiento para prevenir la calvicie. Y encima, gratis. El aspecto original de unos y otros roedores no difiere tanto -unos 20 centímetros desde el hocico hasta la cola, abundante pelaje, dentadura sobresaliente y ojos minúsculos-, pero ya hay quien, en memoria del héroe infantil animado de los 80, ha denominado a estos engendros burlones que son los ratones transgénicos . Supervitaminados y supermineralizados. Y no se vayan todavía. Aún hay más.
Existen ratones para muchas de las enfermedades que padece el ser humano: obesos e hipertensos, diabéticos, asmáticos, inmunodeficientes... Unos, por mutaciones espontáneas; otros, inducidos; y todos, producto de la experimentación en el laboratorio, herramienta clave para abrir camino a terapias humanas y estudiar al detalle la fisiología y la bioquímica de dolencias genéticas. Si se sabe qué genes están involucrados en la versión animal de una enfermedad, se puede aislar al gen humano equivalente. El ratón se utiliza para probar vacunas, hacer estudios toxicológicos y probar innovadoras técnicas de cirugía. Pese a la aversión y la ternura que generan estos animalitos en muchos, el beneficio para la Ciencia y la Medicina es «impagable».
¿Y por qué el ratón? Lluís Montoliu, doctor en Biología Molecular y Celular en la Universidad Autónoma de Madrid, explica que «se aprovecha el hecho de que comparte con nosotros muchos genes». Es decir, la naturaleza ha utilizado casi los mismos ladrillos para construir dos organismos... separados por una distancia evolutiva de 75 millones de años. La ventaja con respecto a la experimentación directa con un humano estriba en que son pequeños, fáciles de conseguir, fecundos (una hembra de dos meses puede producir unos diez retoños) y viven de dos a tres años. Permiten a los investigadores seguir los procesos de las enfermedades desde el inicio hasta el final en un tiempo corto, cuando una fase clínica normal con un humano no duraría menos de cinco años y sería muy costosa. Otra ventaja: es un animal que coopera.
«Hablan de nosotros»
Un diamante en bruto, aunque la Real Academia Española se ensaña un poco con el ratón: «Mamífero roedor que causa daño por lo que come, roe y destruye». Casi nada, si se tiene en cuenta que «la mayor parte de los fármacos no podríamos tomarlos con una cierta seguridad si no hubieran sido investigados previamente en animales», añade el experto en Biotecnología Montoliu. «Los ratones ya nos están diciendo cómo ocurren ciertas enfermedades humanas y algún día nos dirán cómo de eficientes serán las nuevas medicinas. Prometen revelarnos cosas sobre la función de los genes involucrados en los mecanismos de cómo pensamos y sentimos, cómo recordamos, cómo nos reproducimos, incluso cómo engordamos», razona el científico norteamericano Stephen S. Hall en sus estudios sobre la manipulación genética en animales.
Pero, para tranquilidad de la comunidad ratonil, un nuevo reparto de personajes con una foto genética también casi calcada a la de la fauna humana está ganando respeto en el silencio de las probetas. De tanto en cuanto salen a la luz estudios que hablan de la existencia de moscas en estado de embriaguez, pollos implumes, gusanos con insomnio y salmones gigantes dignos de protagonizar el milagro bíblico de los panes y los peces. «Las moscas no enferman del riñón ni los gusanos padecen enfermedades cardíacas pero, aunque parezca difícil aceptarlo, tienen genomas paralelos a los humanos. Los consideramos nuestros parientes, evidencia la unidad de la vida», plantea Francisco Martínez López, especialista en Fisiología Animal.
«Nuestros estudiantes trabajan con las colonias de moscas, que son baratas de mantener. Si se pierden debido a un descuido, por ejemplo, se sustituyen fácilmente», advierten desde los prestigiosos laboratorios del Instituto Médico Howard Hughes, en EE UU. La mosca tiene un genoma pequeño -13.600 genes frente a los 30.000 del ser humano-. En 24 horas, pasa de ser una célula fertilizada a una larva de musculatura compleja, sistemas nervioso y digestivo, ojos y movilidad. Antes de dos semanas, un huevo se convierte en una hembra adulta que pondrá centenares de cigotos. Pronto se verá el desarrollo de numerosos embriones. Es distinto al caso del ser humano y el ratón, donde los primeros estadios del desarrollo se llevan a cabo dentro del útero de la madre y es más complicado saber lo que sucede. Primo hermano del humano es también un hongo muy conocido: la levadura, la que se utiliza para engordar los bizcochos, sí.
Los 'retoques' genéticos, de hecho, son el pan de cada día entre muchas especies de vegetales (uvas y melones sin semillas, tomates resistentes a la putrefacción, etcétera). En los últimos tiempos, han cobrado relevancia en los animales de la granja. La finalidad en estos casos no reside en crear modelos paralelos a enfermedades humanas, sino en mejorar la especie, avalan desde la Escuela de Agrónomos de Albacete. En España, donde los laboratorios capacitados para crear animales transgénicos no superan la quincena, sobran los ejemplos de reses con la secuencia del genoma manipulada. Como el de la oveja manchega. En la Finca Galiana de Ciudad Real comenzaron seleccionando las ovejas que se convertirían en donantes de embriones en virtud de su ADN. Se estimuló la producción de óvulos de estos animales. Estos fueron fecundados por corderos con la misma calidad genética. Se implantaron en seis ovejas receptoras y cinco meses de gestación después nacieron nueve corderos 'perfectos' para perpetuar la raza.
Esta transferencia de embriones programada es también práctica habitual en cerdos, cabras, terneras y hasta conejos, albinos y de indias, cuando se busca detectar y manipular cromosomas que controlan caracteres de interés para las producciones ganaderas: incrementar la producción cárnica, lana o azúcar en la leche o la resistencia a enfermedades. Más allá de lo que mentes tan adelantadas a su tiempo como las de Julio Verne y George Orwell pudieron nunca imaginar.
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