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ANTONIO ARCO
Martes, 30 de octubre 2007, 02:25
Está feliz Eugenio Trías (Barcelona, 1942), filósofo y escritor de prestigio -luminoso, pausadamente labrado-, a quien la Sociedad de Filosofía de la Región de Murcia tributa desde ayer un homenaje. Feliz y enormemente agradecido a sus colegas -José Luis Villacañas, Francisco Jarauta, Antonio Rivera...-, por acordarse de él en un momento especialmente dulce: su último libro, El canto de las sirenas (2007), se ha convertido en un éxito (musical, cálido, hermoso).
-Lo veo a usted especialmente sereno, relajado, conciliador.
-La serenidad es para mí una especie de conquista a la que siempre aspiro. Me importa mucho y me alegro de que me vea así.
-¿Predomina la satisfacción por el trabajo bien hecho cuando repasa su trayectoria?
-Con toda la modestia, tengo que decirle que sí, que estoy satisfecho con lo que he ido realizando, tanto en la docencia, como en el ámbito de la escritura.
-¿Qué ha buscado desde sus inicios como filósofo?
-Una especie de mediación entre la razón y el mundo de las pasiones, de los afectos. Por ese motivo me han importado mucho dominios que, normalmente, en el campo filosófico quedan como en la sombra: es el caso de la religión o del mundo espiritual, cuya importancia abordé en mi libro La edad del espíritu.
-¿Con qué objetivo?
-El de dar tanta importancia al cristianismo como al islam, al islam como al judaísmo, al hinduismo como al budismo... Las religiones no sólo son, que lo son, algo muy importante y seguramente imprescindible para la propia existencia del homo sapiens, sino que, además, son plurales, son múltiples y hay que abrirse a ellas con criterios no profesionales; advirtiendo, además, lo que en ellas hay de horrible y de obsceno, pero también lo que hay de importante y de salvable. En ese sentido destaco muchísimo todo lo que yo llamo el islam espiritual, que nada tiene que ver con los abusos que se cometen en nombre de Alá, ni con los integrismos.
-¿Qué nos sigue proponiendo que hagamos?
-Creo que la única medicina eficaz en este tiempo es el pensamiento crítico, y la crítica, por definición, es autocrítica y por consiguiente es necesario comprender al otro como tal. Y desde luego, y con toda urgencia, cuestionar la pretensión que de algún modo todos tenemos de borrar la alteridad y, por tanto, de instituir nuestras propias formas de pensar, de vivir y de conducta como si fueran las únicas posibles y pensables. Esto, a lo que todos somos propensos, sea cual sea nuestra cultura y nuestra religión, y que es lo que espontáneamente nos pide el cuerpo, es justamente lo que un pensamiento crítico debe poner en radical y absoluta vigilancia; lo contrario lleva a la obscenidad, a manifestaciones peligrosas y primitivas de las cuales ha habido muchas pruebas, también entre nosotros, en nuestra cultura occidental. El integrismo es lo contrario al pensamiento crítico y está muy a flor de piel, tanto en nuestras propias tradiciones como en otras. Yo me acuerdo cuando mis educadores nos contaban una fábula en la que el camino de la virtud era siempre encrespado. Las cosas valiosas, y no sólo la virtud, también el goce de la inteligencia, son bienes difíciles.
Conocimiento
-Enhorabuena por 'El canto de las sirenas'. ¿Qué le llevó a escribirlo?
-Hay un tema muy olvidado, sobre todo en el pensamiento español, en la filosofía española, que es el tema de la música. Creo que si hay un ámbito donde se produzca un gran vínculo entre la inteligencia y el sentimiento, es en el musical. En mi libro muestro que la música es una forma maravillosa de conocimiento.
-Conocimiento frente a dejadez. Usted advierte sobre el peligro de dejar de pensar, lo que supondría el fin. ¿Cómo anda hoy de fortalecido ese peligro?
-Voy a hablarle de una manera muy personal y un tanto egoísta, pero este último libro mío, El canto de las sirenas, ha tenido una aceptación enorme. Aunque muchas veces nos lamentamos de las carencias culturales con las que vivimos en este país, que evidentemente existen, resulta que hay manifestaciones culturales, que en principio podrían parecer muy minoritarias o elitistas y que, sin embargo, tienen una acogida de público muy importante. Tiene mil páginas, habla de música clásica y no rockera y me decían que no tendría una salida comercial. Las sirenas son 23 grandes compositores, cada uno de los cuales tiene su propio método de seducción. No deja de ser un libro muy ambicioso que está demostrando que no todo es tan malo como nos pensamos.
-¿Qué intuye?
-Puede que estemos asistiendo a una mayor demanda de modos de pensar: de pensar la música, la religión, el arte en general, la ética, la política.
-¿Qué es lo que le preocupa más de las cosas que observa a su alrededor?
-Creo que se habla mucho de los aspectos negativos del mundo en que vivimos, del tiempo en que vivimos, de las nuevas generaciones...; la inteligencia genera, inventa sus propios métodos de defensa, y no creo que hoy la inteligencia esté más baja que hace unas décadas. Lo que sí es cierto es que ante una acometida muy grande y agresiva de una sociedad de masas prepotentes, se van creando poco a poco ámbitos en los que se ofrece resistencia. Una resistencia que utiliza las bazas y astucias de la inteligencia: la calidad, la sensibilidad, la sutileza, todo lo que es contrario a la grosería, a la barbarie, a la mala educación.
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